sábado, 5 de septiembre de 2026

ANSIEDAD Y DEPRESIÓN: Una guía para la supervivencia (Parte 1)

 


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-. PARTE 1 .-

ESTO ES LO QUE SOY


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[ No sé cómo vinieron, ni cuando yo las invité, pero un día como cualquier otro la ansiedad y la depresión entraron muy campantes al interior de mi mente…]


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El dilema de Ser



   No sé cómo vinieron, ni cuando yo las invité, pero un día como cualquier otro la ansiedad y la depresión entraron muy campantes al interior de mi mente. Como verdaderos okupas, tomaron posesión de mi mente, de mis sentidos y de mi alma, y se pusieron manos a la obra para intentar guiar mi vida por los andariveles de una existencia que se perfilaba difícil—algo que efectivamente más adelante iba a poder confirmar.

    Era yo apenas un niño cuando empecé a experimentar esos cuadros de ansiedad al ver como la casa, los domingos, se llenaba de gente. Mi mente, en ese momento, con apenas siete u ocho años, no podía entender porque ese flujo de personas me sofocaba tanto. Ni mucho menos entendía porque sentía eso sí eran todas personas cocidas: tíos, primos, etcétera.

   Ahí fue cuando tuve contacto con la ansiedad social, algo que durante mi estadía en el campo, solo me afectaba los domingos, pero que, cuando me tocó mudarme a la ciudad, allí todo cambió.

   Lo que antes era un flujo de gente un día de fin de semana, en la ciudad era un movimiento continuo, algo que para quien viene de un solitario campo, es muy impactante. Ni hablar en el periodo educativo. En la escuela de campo éramos como máximo, en nivel secundario, ocho personas, de la nada, en la ciudad, pasé a encontrarme con un aula de treinta alumnos, completamente descontrolados que miraban raro al chico de campo. Allí la ansiedad, desde el primer día, se me disparó a niveles que muchas veces eran disimulados por mí para que nadie sospechara lo que me estaba pasando.

   Evidentemente el choque de mentalidades entre alguien que viene del campo y los muchachos y muchachas de la ciudad era evidente. No compartía cosas con ellos, no salía a bailar, no jugaba tanto a los videojuegos, ni era un enamoradizo de cualquier jovencita. Yo venía de la tranquilidad de estar en mi casa, del disfrute de un buen rock and roll, de los mates, el dibujo y la lectura.

   Como suele pasar entonces, nunca me adapté a ese entorno, resistía cualquier invitación a locales bailables, puesto que nunca tomé alcohol (y hasta el día de hoy sigo sin tomarlo). Eso evidentemente, marca una diferencia, lo que me imposibilitaba muchas veces encajar en los grupos.



   Las conversaciones pudorosas sobre alguna compañera, que hacían algunos chicos, me incomodaban demasiado, puesto que me era imposible hacer una observación de la mujer como objeto. Eso de cierta manera desgasta, el no poder encajar en ciertos grupos, de alguna manera me estaban afectando, sumado también a que siempre fui el nerd de la clase, al que todos los profesores aman, porque es el único que cumple con las entregas de trabajos o hace bien los exámenes. Claro está que eso también genera una división y puede derivar, como en mi caso, en algunas burlas para nada divertidas para mi, claro está.
     Con la sensación de sentirme diferente y no poder encajar en ningún grupo — algo que me hacía sentir muy mal— caí en la depresión. Me di cuenta que entre tanta gente en la ciudad, de igual manera seguía estando como en el campo, solo y con mis intereses. Durante la secundaria fue una espina que me persiguió día a día. Hoy, tomo el hecho de no encajar como una victoria, y abrazo mi diferencia aceptando ser un maldito incomprendido.


   Con el pasar del tiempo la situación en la escuela se volvió agobiante e intenté dejarla, algo que me llevó por primera vez a terapia, en un intento de mis padres de querer buscar un porqué de mi accionar, ya que siempre fui un chico estudioso, múltiples veces abanderado y dos veces mejor promedio. Ahí me di cuenta lo espantosa que es la depresión, que una vez ha infectado tu cuerpo, se encarga de arrebatarte todo lo que más te gusta. Es como si se encargara de succionar lo mejor de vos, para dejar solo un despojo de lo que alguna vez fuiste.


   Luego vino el psiquiatra y por consiguiente la medicación. En un principio me daba vergüenza asumir todo eso, pero luego comprendí que no hay nada de malo en ello. Si para el dolor de cabeza tengo que tomar un Ibuprofeno, para la depresión también tengo que tomar mi risperidona.


   Una vez me dieron el diagnóstico, pude terminar de entender qué era lo que verdaderamente me atemorizaba por dentro.
   Sabía entonces, que de ahora en más no me quedaba más remedio que luchar.
   Como pude y gracias a la comprensión de la escuela, terminé el secundario. Ya había entonces cerrado una etapa, ahora tenía que afrontar el siguiente nivel.


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Tiempo de paz




   Ya estando más tranquilo porque el secundario había quedado atrás, me di cuenta que la medicación realmente me estaba haciendo bien, a tal punto que sentía que lo pasado en la escuela, ahora podía interpretarlo de otra manera.

   Concurría efectivamente a terapia psicológica, una vez por semana, y cada quince días visitaba al psiquiatra.

   A partir de ese momento de estabilidad emocional, volví a reconectar con algunas pasiones como: leer historia antigua y filosofía, además de retomar la escritura desde un punto de vista más maduro y empezar a animarme otra vez con el dibujo. Con este último pasó algo muy importante, pero para eso vayamos por el principio.

   Desde mi niñez en el campo, siempre estuve rodeado de libros y en especial historietas, algo que me permitió, no solo conocer de recursos narrativos, sino también aprender a dibujar. El arte gráfico fue entonces, desde mi infancia, un aspecto que al día de hoy, bien o mal, me hace destacar.

   Me pasaba las tardes enteras, en aquella paz del campo, copiando a Superman, a Batman, a «Mark y los Mutantes», entre otras cosas.

   Con el tiempo esa capacidad de copiar me permitió memorizar músculos, movimientos, gestos, para así crear mis propios personajes. En esa experimentación llegué al mundo de la caricatura humorística y a hacerme un gran aficionado del humor gráfico.

   Todo iba bien hasta que llegaron las invitadas indeseadas. Cuando caí en la más profunda depresión y en la desesperación de la ansiedad, tuve que renunciar al hecho de poder leer, de poder dibujar o escribir. Eso estaba limitado por cuestiones personales (digamos que fue un gran bloqueo).

   Pero cierto día, mientras estaba en mi casa escuchando algo en la tele, de la nada la angustia me atravesó de una manera intensa. En un primer momento me asusté, creí que la medicación estaba fallando y no quería tener una crisis, por lo que me senté en el escritorio que teníamos (en una de las primeras casas en las que nos fuimos a vivir) y tomando lápiz y papel comencé, sin pensarlo, a hacer algo para tratar de sacar o frenar lo que me estaba sucediendo.

   Al cabo de una media hora me di cuenta que la acción de dibujar me tranquilizó y el resultado de esa misma acción me dejó más que sorprendido. A simple vista parecía un dibujo estéticamente pobre — mal hecho me atrevería a decir. Sin embargo había algo en ese dibujo, en esas líneas, en esos simbolismos que solo yo podía entender ¡Porque era justo lo que yo estaba atravesando!

   Automáticamente guardé la ilustración y esperé a la sesión con la psicóloga. El día llegó, acudí a la cita y le mostré la obra, explicándole todos los procesos por los que había pasado.

   A partir de ese día me di cuenta que para mí, el dibujo y posteriormente la pintura, eran más que simples expresiones.

   Había logrado hacer de estos medios un canal para poder poner en imágenes lo que yo sentía o pensaba. Así fue como el arte pasó a ser una expresión necesaria para mí alma, lo que me llevó a verla casi como un Dios.


   Esos primeros años fueron tranquilos, se me pasaron entre trabajo duro en la terapia y el trabajo duro que viene después para poder mantenerme lo más fuerte posible.

   Ahora miro a mi yo del pasado y lo abrazo con todo mi corazón por haber disfrutado esos años al máximo, porque evidentemente no sabía lo que le esperaba más adelante.



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Viviendo con el enemigo



   Entonces evidentemente llegó un momento en el que ya no iba a tener diecisiete años toda la vida y en algún momento tenía que salir al mundo. En un instante los años de paz terminaron, y vi el agobio de tener que encajar en un sistema que yo siento, no está hecho para nosotros, o al menos eso parece.

   Hice un pequeño curso de cuatro meses sobre diseño gráfico y pretendí con eso comerme al mundo. Con mi ansiedad evidentemente no estaba listo para un ambiente universitario, de hecho la primera vez que estuve en uno fue en al año 2019, cuando empecé por primera vez Bellas Artes y dejé por culpa de esa sensación de no sentirme cómodo en un aula. Lo mismo me pasó cuando quise estudiar Marketing Digital y Seguridad e Higiene.

   Nadie lo entendía pero para mí, entrar a un aula era revivir momentos de la secundaria, a pesar de que yo creía, como dije más arriba, que todo había quedado atrás. Después me di cuenta que no todo es tan fácil de superar.


   Finalicé entonces ese pequeño curso y me di a la tarea de empezar a buscar un trabajo, algo que no conseguía por ningún lado. Esa situación era desesperante pero no a los niveles en los que llegaría más adelante. Encontré al final un empleo en donde no me pagaban, más bien eran unas pasantías, pero lo dejé (y de la peor manera) porque el jefe era alguien que le vivía gritando a sus empleados y tratándolos como trapos. Imagínese pues mi experiencia, saliendo a un mundo completamente nuevo, en terapia, medicado, con ansiedad social y depresión y encima tener que aguantar a un jefe malhumorado, eso por supuesto que no lo iba a poder soportar.

   En mi familia esa noticia no cayó muy bien, pero al final se superó. En mi mente mientras tanto ardía el deseo constante de ser un artista, ansiaba con toda mi alma poder vivir del dibujo, de la pintura y ocasionalmente de la escritura. Eso no era tolerado por mi familia, que no podía entender estas inclinaciones tan extrañas, hacia algo que socialmente se considera una actividad de «muertos de hambre». Pero yo no creía que eso fuera así, por lo tanto me esforcé en practicar todos los días para dar lo mejor de mí. Armé portfolios con mis obras, cree textos de prueba, que luego envié a empresas y demás, pero solo recibí silencio o alguna contestación algo alentadora, pero nada más que eso.


   Con la terapia me iba muy bien, el problema era la realidad, no conseguía trabajo, tenía la fantasía de irme de la casa de mis padres para hacer mi vida, pero sin un sustento económico era muy difícil ¿Quién iba a pagar las cuentas? ¿Cómo iba a hacer para comer? No quería depender de mis progenitores, algo que la historia me lo terminó por confirmar (pero no nos adelantemos)

   Del periodo de paz, vino la etapa oscura otra vez. Me empecé a sentir mal, sin posibilidades de crecimiento, con la esperanza de no encontrar nada, de no poder hacer mi vida como era debido. A cada oportunidad que tenía mandaba un curriculum, pero el silencio que tenía de respuesta me deprimia, y esta puta ansiedad me privaba de poder salir presencialmente a pedir trabajo, algo que si ahora lo pienso, no ha cambiado tanto, aunque estoy un poco más suelto que hace nueve años atrás.

   Con el pasar de los días comencé a no aguantar la presión, y esta vez volví a la ansiedad y a la depresión. Me sentía perdido, hablaba con la psicóloga o con el psiquiatra y no me sentía yo, era como si una versión mía, que yo no podía siquiera controlar, estuviera haciendo las cosas por mí. Me sentía como el personaje de «El Extranjero» de Albert Camus, un extraño en mi propia piel.

   Pero sin embargo le di pelea, trataba de mantenerme enfocado en mis cosas, siempre estaba buscando algo creativo para hacer, por ejemplo empecé a dar los primeros talleres de dibujo. El primer intento fracasó, pero ya después los otros dieron un poco más de frutos, y empecé a manejar algo de dinero, aunque no era lo suficiente como para poder mantenerme por mi cuenta, al menos podía costear mis cosas como: hojas, lápices, lapiceras, fibrones, etc.


   Sin embargo, no todo era felicidad, había días en los que me costaba salir a la calle, aún cuando lo hacía me sentía completamente mal al estar rodeado de gente, pensando mil y un cosas sobre mí: «que van a decir sobre como camino», o «como voy vestido». Siempre en mi historia estuvo presente ese trauma basado en la idea que toda familia tiene y se resume en: «que va a pensar la gente». Esa idea inculcada es algo que trato de desapegarme, y aun no lo logro de la forma en la que yo realmente quisiera.

   Más allá de todo intentaba hacer lo que podía, descubrí que para poder pasar esa ansiedad social (o hacerla más leve) si usaba auriculares para mi era mucho mejor, concentrarme en la música me permitía tener el foco de atención puesto en otra cosa y desligarme de las miradas oscuras, hasta incluso me olvidaba de que no tenía trabajo.


   Al final del día no era tan difícil darse cuenta que esta era una batalla entre yo y mi Yo, donde era a su vez mi propio verdugo. Sabía entonces que si quería lograr algo significativo y que me sirviera de provecho para mi existencia, primero debía conquistarme a mí mismo.


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Frustraciones y demás castigos



   Luchando contra mi mismo y todo lo que eso conlleva, logré ponerme de novio y ese fue el impulso para irme a vivir con mi novia (los dos solos), pero yo todavía seguía sin encontrar un trabajo. Estaba dando clases de dibujo, pero para dos personas mi ingreso era paupérrimo. Otra vez entonces fue enviar curriculum, golpear puertas e insistir, pero nada, todo parecía complicarse cada vez más.

   Al principio sobrevivimos con unos pocos pesos, pero como en todo país subdesarrollado, los precios aumentan y esas pocas chirolas se convierten en nada. La presión empieza a aumentar y empiezo a caer en cuenta de algo que para mí fue demoledor: para los ojos de los demás yo era un simple vago que no quería trabajar ¿Todo porque simpatizo con el anarquismo? ¿Ser de izquierda significa no querer trabajar? ¿O tal vez se deba a mis inclinaciones artísticas? Nunca lo sabré.

   Volviendo al tema, cada día que pasaba era difícil, la necesidad de alimentarse ganaba siempre, no quería pasar lo que había vivido en mi años de infante en el campo, cuando a veces comíamos durante una semana arroz, fideos o huevos fritos (o cualquier otra variante) porque era lo único que había. Yo realmente quería darle a mi novia lo mejor, pero me era imposible. Así fue como me hundí en la desesperación otra vez, todo fue una frustración tras otra y empecé a pensar en que tal vez este era una especie de castigo divino, en el cual me veía obligado a retorcerme de hambre, como el parásito que creía que era. Generalmente estos pensamientos no son aleatorios, van siempre acompañados de esa sensación de muerte, de querer desaparecer, porque cuando se pierde la esperanza, ya se ha perdido todo.

   Ese tipo de ideas negativas son muy preocupantes, en especial para quienes están con nosotros, pero no podía evitarlo, creía que así, por la senda fácil, iba a poder escapar de una realidad que se cerraba cada vez más sobre mi cuello, impidiéndome respirar.

   Me ahogaba en mis propias ideas, me sentía un inútil, alguien que no valía, no entendía que pasaba ¿Era mi curriculum? traba de actualizarlo cada vez que era necesario ¿A lo mejor era mi experiencia? De hecho no tenía ninguna, si no me había llamado de ningún lugar.


   Se podría intuir que esta nueva recaída se da principalmente por la falta de trabajo, a pesar de todo yo nunca dejé de dibujar ni de escribir, seguí aferrado a eso dos aspectos que, hasta el día de hoy, son mi refugio cuando todo me sobrepasa. Pero la búsqueda de trabajo me persigue. De esto que estoy contando ya pasaron seis años y sigo desempleado. Ahora estoy parado en otro momento de la vida, oscuro sí, pero tratando de sobrevivir cada día. Me da vergüenza decirlo pero mis padres me pasan dinero, desearía que no fuera así, pero esta es la situación que me toca, yo se que no les molesta, pero para mí es muy frustrante no poder valerme por mí mismo.

   En Junio cumplí los veintinueve años, y estoy más perdido que cuando tenía doce, al menos a esa edad sostenía el sueño de ser paleontólogo, hoy no sé si ser artista o quizás dejarlo todo para ser albañil, o tener algún trabajo de ese estilo. Al menos sería lo único seguro.

   Pienso que ese castigo no me va a abandonar jamás ¿Pero qué tengo que hacer? ¿Cambiar de mentalidad? ¿Falsificar un currículum? Ya no sabría decir que es lo correcto, lo único que se me ocurrió una vez, fue intentar matarme. No fue un intento como tal, más bien fue un pensamiento intrusivo muy fuerte, por lo que terminé sedado en el hospital durante una noche. Todo porque había dejado atrás un trabajo, medianamente estable de limpieza en un geriatrico de mala muerte, donde el maltrato, la explotación y la mala paga eran parte de todo ese lugar. Lo dejé después de un año y algún par de meses, porque sentía que no me estaba haciendo bien, no quería ser cómplice (de forma indirecta) de ciertas contravenciones y malas prácticas que en ese lugar se estaban dando con respecto a los pacientes. A la semana que me fui me quebré, me sentí un maldito imbécil, porque me di cuenta que en mi egoísmo por querer poner mi salud mental primero, me había quedado sin dinero, o por lo menos con el único medio que me daba un sueldo que, a duras penas, llegaba a la cualidad de digno.



Cuando regresé a mi casa después del hospital me di cuenta que ese lugar de trabajo me había hecho mal, me había obligado a perder mi estabilidad, porque prefería el maltrato, la pésima paga y todo lo oscuro que pasaba ahí, en vez de priorizar mi equilibrio. Después, viviendo el día a día, me di cuenta que son muchas las personas que se encuentran en esa situación donde se ven empujadas a desempeñarse en trabajos de mierda, donde se los trata peor que un trapo de piso, para cobrar unas monedas con las cuales no logran cubrir ni la mitad de sus gastos básicos ¿Vale la pena un esfuerzo así? Mi mente racional me dice que no, pero la realidad nos empuja a eso. Cuando el hambre aprieta hay que hacer de tripas corazón y darle para adelante, total para muchos la salud mental es un chiste o algo que no es tan grave a ojos de quiénes hablan sin conocer.


   Nunca creí que la falta de trabajo llegaría a afectarme de esta manera, sumándole también la presión tributaria y todo lo demás. El mundo actual sólo mueve sus pies por el dinero, y nada puede venir a suplantar ese estilo de vida. Es una lastima lo que hemos hecho con el mundo: por un lado están los estresados por el trabajo agobiante y extenuante, en el medio están los laburantes informales que lo dan todo y reciben lo peor y despues estan los deprimidos como yo, quienes, marginados por la vida, no pueden vislumbrar nada bueno para ellos, es como si existiera una limitación o un barrera invisible que no nos permite llegar al lugar que queremos ir.

   Para el sistema actual los deprimidos son los peores, porque somos los olvidados, porque somos inútiles, mientras que los estresados y los informales son quienes le proveen aún más su riqueza. Nosotros no producimos, es más, para este sistema siempre seremos un gasto, porque drenamos el sistema de salud mental, pero casualmente estamos haciendo demasiado ruido y de la peor manera posible. El alarmante aumento del suicido en jóvenes y adultos es algo que preocupa y enciende todas las alarmas, pero ¿Qué sentido tiene si no se está haciendo nada para remediarlo? ¿Qué inversiones ha hecho el gobierno nacional para ayudar a afrontar las crisis de salud mental en las diferentes provincias de la República Argentina? A simple vista parece que nada. (No voy a enredarme tanto con el tema del suicidio, ya que es algo que trataremos en la segunda parte mas a profundidad, junto a estadísticas y números reales, que realmente le ponen a uno la piel de gallina).


   El desempleo evidentemente deprime, uno vive con la culpa de no estar haciendo nada, porque la mayoría cree que es uno el que no está saliendo a buscar trabajo ¿Pero cómo se le explica a alguien que ya se intentó de todo y aun así no sucede nada? Caer en la desesperación me llevó a un punto en el que estuve una semana sin poder dormir, porque me daba vueltas la cabeza, buscando mil y un maneras de hacerme sentir culpable, creando escenarios en donde era sometido al juicio moral de los demás, y déjenme decirles que aun estando medicado me sentía como en aquella primera recaída.

   De ahí entonces nace esto, de la importancia de poder compartir lo que nos pasa, porque es en el dolor donde más nos tenemos que unir, sobre todo para darnos cuenta que no estamos solos en esta pelea diaria contra un destino frustrante.


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No eres suficiente




   Algo que suele presentar la persona deprimida, es la idea de que nunca llega a ser suficiente. Es decir, nunca llega a poder concretar algo porque su voz interna, altamente negativa, constantemente le dice que no puede o que no lo intente. De ahí que el deprimido suele ser un poco quedado, y no se atreva a realizar actividades que para los demás son comunes.

   Otro rasgo a destacar, es la completa falta de motivación. Por más que alguien le diga que «se ponga las pilas» o que «le eche ganas», nunca van a conseguir que el deprimido actúe, porque este se halla sometido a la falta de ganas más fuerte a la que una persona pueda enfrentarse. No se le puede exigir voluntad a alguien que la ha pedido, por lo que forzar al deprimido a hacer cosas, suele muchas veces, ser contraproducente.

   La experiencia me trae a la mente ese discurso, o más bien ese soliloquio que uno hace, cuando dialoga internamente y se da cuenta que está más perdido de lo que alguna vez estuvo. Es como si la misma depresión causara una especie de efecto amnésico que impide cualquier acción y no solo eso, sino que además la depresión, en su más pura crueldad, priva al deprimido de poder gozar de aquellas cosas que antes disfrutaba.

   En una de mis últimas crisis, me di cuenta que ponerme a dibujar me alteraba, porque al ilustrar mis sentimientos y verme cara a cara con esa emoción dibujada, hacia que mi estado de cólera escalara tanto que terminaba rompiendo la ilustración en mil pedazos, mientras en mi interior decía: «por tú culpa estoy así, no te quiero ver más».

   Considero que perder la pasión por las cosas que uno antes amaba es una situación completamente injusta, porque uno no se siente suficiente ante la vida, y se autopercibe más bien como una carga, como alguien que solo entorpece la vida de los demás y que es mejor no haber nacido.


   La idea de no haber sido engendrado y escupido al mundo, es muy común en el depresivo. Se ve así mismo como una molestia y ve a la vida como algo que no tiene valor (visto evidentemente desde el punto de vista de una tristeza profunda).

   La depresión también se presenta como una negrura en el alma de aquellos pobres desdichados —como lo soy yo— y esta una negrura que parece estar grabada de forma permanente, porque por más que uno tenga días en los que se sienta menos deprimido, de igual manera sabe que ese espectro oscuro nunca lo ha abandonado y más bien está esperando el momento perfecto para atacar de nuevo. Ella es así, se divierte haciéndote creer que tienes el control y en el momento en el que un haz pequeño de luz impacta en nuestra alma, esa sombra negra viene de nuevo a consumirlo todo y uno se entrega porque no le queda otra.


   Podríamos decir que la depresión no solamente pasa por nosotros, sino que evidentemente también lo que sucede afuera nos afecta, ya sea que venga por parte de un familiar cercano o de un desconocido. Uno en la depresión maneja una sensibilidad especial en la que todo nos molesta o todo nos hace llorar. El depresivo no sabe de punto medio, vive las emociones a un extremo, pero rara vez son emociones positivas.

   Pero volviendo al punto, lo que digan los demás es importante, aunque sabe que si le dicen que «no es suficiente» o que «no vale para nada», no les hará mucho caso, pues solo son la confirmación de sus propios pensamientos, dichos por alguien de afuera. Ahora, la reacción es distinta cuando se le pide algo que no puede hacer, porque está imposibilitado mentalmente para hacerlo, allí definitivamente sucumbirá al fatalismo más vil y se recordará a sí mismo de que no es suficiente, a pesar de que ha hecho el mejor de los intentos.


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No te entiendo


   Cuando estuve atravesando la primera etapa depresiva y después ya en la actualidad, caí en cuenta que evidentemente, muchas veces el depresivo o el ansioso son unos incomprendidos ante la sociedad, pero principalmente se da porque esta última es la que no quiere entender. Me tocó ver como a las personas con alguna patología mental se las ridiculiza, o se piensa que no es tan grave ¿Por qué pasa eso? Si al final una depresión o los ataques de ansiedad, tienen la misma gravedad que una dolencia física. Es más, me atrevería a decir que en cuanto a la mente, es mucho más importante, ya que regula nuestro comportamiento y nuestro funcionamiento en el discurrir de los días.

   Es importante la idea de una mente sana, aunque en estos tiempos parezca imposible. No nos olvidemos que la depresión y la ansiedad no nacen de la nada, hay múltiples factores que pueden generarla y la mayoría de las veces depende del entorno en el que nos estemos desarrollando o de la familia de la que provenimos.

   Pero estoy seguro que más allá de las crisis y los ataques, uno siempre se tiene que enfrentar al no entendimiento de un otro, que se cree en la posición de señalar que es verdad y que no. Evidentemente nadie puede entender una depresión si no se la ha atravesado, aunque eso no quiere decir que el que está en esa situación está fingiendo o esté queriendo llamar la atención, es más, el llamado de atención sugiere algo mucho más grave que debe ser atendido con urgencia.

   Más de una vez me han dicho, cuando comento lo que me pasa, que no me entienden, que al final es «todo mental» y como podía ser que me dejara controlar por la propia mente, sabiendo que yo tengo voluntad para controlarla a ella. Al final hago caso omiso a ese tipo de declaraciones y me dedico a guardar silencio, demás está decir no se puede hablar con alguien que no entiende lo grave del asunto.

   No solo se trata únicamente de «controlar la mente», porque si fuera por eso todos los depresivos del mundo estarían curados, sino que por ejemplo, la depresión se presenta como un vacío tan grande, en donde conviven la tristeza con la desazón, el dolor con la angustia, la idea de una existencia negada y la presencia oscura, pero familiar, de la muerte. Esto no es controlar la mente, sobre todo cuando se convive diariamente con pensamientos de lo más pesimista, que nos empujan más y más hacia el abismo.


   Para poder llegar a controlar (más o menos) la mente, ciertamente se necesita de un entorno tranquilo. Un depresivo o una ansiosa, claramente no podrían sobrellevar bien su afección, si se encuentran, por ejemplo, dentro de un núcleo familiar conflictivo/tóxico o en un entorno que permanentemente se torna hostil.

   En mi caso, la angustia por el desempleo hace que tenga momentos de desaliento, en donde me culpo a mi mismo y me doy azotes por no poder realizar una actividad humana normal, como la de poder trabajar. Eso en definitiva no solo afecta a mi cuestión financiera, sino que claro está, todo este asunto me lleva a una sola conclusión: no encuentro trabajo + estoy deprimido porque no encuentro empleo = la culpa es absolutamente mía por no hacer suficiente.

   Yo no tengo ninguna responsabilidad sobre la crisis económica actual y la imposibilidad de tener el derecho a un trabajo digno. Como así también, no es mi culpa que no me entiendas, tal vez sea porque soy infinitamente complejo, como lo somos todos en definitiva. Pero eso, mi estimado amigo o amiga, no te da el derecho a invalidar los aspectos más relevantes (y agobiantes) de una depresión o de la propia ansiedad social, adjudicando todo a una falta de control de la propia mente, cuando bien sabemos, porque se ha demostrado a lo largo del tiempo, en diferentes estudios psicológicos-neurológicos, que eso no es tan así.


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Parte del uno por ciento



   Me toca formar parte de ese minúsculo grupo de gente, que se califican como incomprendidos, algo que es real al cien por ciento ¿Pero que significa en esencia ser un incomprendido? Podríamos decir que se trata de una persona cuyas ideas, pensamientos, reflexiones y hasta gustos, no se alinean con el común de la sociedad. Es, en suma, una contemplación del mundo y de la vida, completamente diferente a lo que ve y experimenta el resto.

   Podríamos decir que es hasta incluso atractiva la idea de ser un incomprendido, pero no es así, dentro de las personas que padecemos depresión, ansiedad o cualquier otro trastorno, y más si le sumamos una visión particular de las cosas, eso no cae bien dentro de la sociedad contemporánea, es más eso a la sociedad no le agrada demasiado.

   Cuando uno empieza a dejar volar sus pensamientos e ideas a través del arte, como es mi caso, es evidente que puede llegar a chocar con una otredad que no está preparada para ese tipo de expresiones, y que ni siquiera hace el más mínimo de los esfuerzos para intentar al menos comprenderla. Eso empieza a encerrarnos en una espiral de control social (verdaderamente agobiante) donde nos sometemos de manera involuntaria, al juicio moral sobre lo que se debe o no se debe hacer ¡Ay de aquellos que se creen moralistas y no tienen consciencia ni de su propia moral!

   Este impacto entre lo que uno considera una expresión natural de su ser, y lo que los demás consideran un «pecado», nos posiciona literalmente entre la espada y la pared. Lo más lamentable es la autocensura de la propia expresión, un acto totalmente injusto para cualquier artista que desee, por medio de las expresiones pictóricas, escritas o musicales, intentar expiar ese mal, para sentirse más liviano, aunque sea por un corto periodo de tiempo.

   Entonces sentirse incomprendido juega un papel mucho más importante, sobre todo cuando empieza a adentrarse en ese círculo infinito de represión, lo que genera aislamiento y mucha soledad.


   A todos en definitiva nos gusta ser entendidos, y nos alteramos cuando queremos explicar algo pero nadie nos entiende y hasta se nos juzga. Aquel que ya tiene un trastorno depresivo o ansioso, evidentemente se sentirá mucho peor, porque ve su medio de sanación, completamente obstruido por la idiotez de quienes creen estar posicionados en el pedestal de la superioridad moral ¿Desde que poltrona están sentados? ¿Quién los autorizó a dar una opinión?

   Es importante entonces señalar que las expresiones deben ser tomadas como un acto de libertad, el paciente que sufre un trastorno depresivo severo, o una ansiedad que le carcome los nervios, tiene derecho a manifestar, en sus expresiones artísticas, todo lo que sienta, más allá de que las imágenes resultantes sean de un contenido gráfico violento o pinten la cara de la locura.

   Y hablo desde el arte porque es mi forma de transformar lo que me pasa, y es el medio más cercano para hacerlo. No hay que imposibilitar las diferentes formas de ilustrar un sentimiento, más bien hay que acompañar, no juzgar.


   Es cierto que existen expresiones como las mías, llenas de violencia y odio, que pueden alarmar a cualquiera, por eso, antes de empezar con la moralina barata, es necesario conocer el contexto, puesto que nada surge de la nada. Ninguna forma de expresión puede nacer por sí sola, siempre está ligada a una experiencia previa y a los sentimientos que nacen desde esa propia experiencia.

   Por otro lado, el resultado artístico debe leerse en función de lo que es: arte. No hay nada más alla de una par de líneas y algo de color aplicado para darle fuerza a la imagen. Lo demás corre a libre interpretación de aquel que mira, lee o escucha la obra, pero ojo, siempre debe hacerse entendiendo el contexto situacional. No se puede agarrar una obra aleatoria y hacer un juicio moral y ético de ella, como si no pasara nada, cuando en realidad, esa obra no fue creada de una nada azarosa, sino que está narrando un sentimiento, una emoción o un suceso puntual en la historia del intérprete.


   Como conclusión a este apartado, podemos decir que no hay que juzgar a quien se siente un incomprendido, este mucha veces no encontrará las palabras adecuadas para hacerse entender, y siendo sinceros, nadie hace el esfuerzo necesario por querer entenderle. Es más fácil reaccionar antes que escuchar.

   El incomprendido se ve forzado entonces a reducir su círculo social al máximo, rodeado de quienes no lo juzgarán (si es que no se decanta por el camino de la soledad) y tratará siempre de mantenerse al margen de todo, en cuanto le sea posible.

   Creo que durante la adolescencia yo sufrí el lado más cruel de esa incomprensión al no encajar con aquellos que lo único que compartía era la misma edad. Lo importante y como lección final, es menester decir que no se necesita la validación de nadie para ser algo o ser alguien. Nuestra valía como seres humanos es intrínseca a nuestra naturaleza. Vos vales más de lo que crees.


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Vidas sintéticas

 

   La automatización de la vida genera que vayamos desarrollando nuestra existencia de una forma en la que nada o casi nada resulta tan real como parece. Los ritmos acelerados, el constante ir y venir, más la presión económica y política, desgastan a cualquiera. Muchos actualmente caen presos de la depresión, de la ansiedad, del estrés o del burnout. Según los estudios más recientes, tan solo en Argentina, tres de cada diez persona adultas sufren de depresión, lo que lleva evidentemente a una mala vida, por ejemplo existe un cincuenta y ocho por ciento de la población nacional que tiene problemas de sueño: insomnio o alteraciones a la hora de dormir.

   También, dentro de los adultos, existe una línea que diferencia a hombres de mujeres. Se podría decir que dentro de este veintiocho por ciento (tres de cada diez), existe una diferencia marcada entre mujeres y hombres, acrecentada por la desigualdad salarial, los roles de género y la situación económica muchas veces de pobreza. Esto también aplica para los adultos mayores, que se encuentran en un estado de total vulnerabilidad, frente a un estado que no hace nada por ellos.

   Según estudio realizados en el territorio nacional por el Observatorio de Deuda Social Argentina de la UCA, para el año 2010 el aumento de afecciones mentales en mujeres era de un dieciocho por ciento, y se acrecentó rápidamente a un veintiocho por ciento

   Por otro lado, el sector más joven se encuentra atravesado por una franja del setenta por ciento, que aquejan malestares como la depresión y más aún, acentuado por vivir en situaciones de vulnerabilidad relacionados con pobreza y falta de acceso a condiciones básicas. Efectivamente, la necesidad de vivir dignamente y un sistema que no favorece esa necesidad, empuja a muchas personas a padecer estas cuestiones que son totalmente negativas, afectando a la vida diaria. Un joven deprimido o ansioso, no puede concentrarse en los estudios, no puede tener oportunidades de un mejor desarrollo y solo se incrementa aún más su frustración cuando se da cuenta que no puede acceder a puestos laborales de calidad que posiblemente le brindarán una mayor estabilidad.


   La cuestión económica/laboral es muy importante. La mayoría de las veces se piensa que, por ejemplo, la depresión es un lujo que pueden darse aquellos que tienen el dinero suficiente como para poder no trabajar, algo que es totalmente falso, y lo vimos arriba con la incidencia de la pobreza en el aumento de dicha afección. Ahora, el dinero también es vital para atravesar la depresión, porque quien no tiene un buen capital, le es completamente imposible acceder a una consulta con un profesional, por el elevado costo de la misma. Ni hablar de la medicación, que si no se cuenta con una mutual mas o menos buena, son extremadamente caros. Y por si fuera poco, esta relación entre la economía y la falta de trabajo, no hace más que profundizar las desigualdades sociales, creando separatismo y desunión.

   Pero por ahí, para quien no pueda pagar un psicólogo o psiquiatra, muchas veces tiene como recurso fiel la salud pública, sector que desde el año 2020 viene completamente colapsado en materia de salud mental, con profesionales que son de dudoso carácter (permítanme decir), aunque como punto fuerte, uno puede acceder de forma gratuita a los diferentes medicamentos. Y con respecto a eso, múltiples estudios revelan que en la Argentina post pandemia, existe un alza en el consumo de psicofármacos dentro de la población más joven, como así también dentro del núcleo de los adultos mayores. Otra vez vemos cómo esta forma de ver la vida, afecta siempre a los más vulnerables, a los que tienen que cargar el peso de sentirse culpables por sus padecimientos, ante una sociedad que avanza, los juzga y no los entiende, más bien los abandonan a la buena de Dios.


   La vida actual dejó de ser una vida, para pasar a ser una amalgama de situaciones en las que uno solo tiene que centrarse en trabajar y pagar, en correr y no parar. Teniendo todas las comodidades para el disfrute, la existencia ha pasado de ser grata a una carrera sin sentido, en donde no hay meta a la cual llegar, porque en definitiva nadie sabe a dónde va o qué camino tiene que recorrer.

   Hemos hecho todo de plástico, descartable y sin valor. Todo perdió su esencia, ahora los hogares se adornan con plantas falsas, casi no se usan cuadros, todo es minimalista, los edificios se alzan como gigantes grises e imponentes (pero sin vida), mientras que en sus jaulas de treinta y cinco por treinta y cinco metros, las almas se encierran apabulladas por una sociedad oscura, enajenadas por tanto ajetreo, son como alienados en una gran institución metal que ellos llaman, de buena gana, ciudad.


   Que la vida perdió el sentido no es ninguna novedad, lo que más importa es lo que haremos nosotros con esa información ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? Nadie puede decirlo, todo últimamente se ha tornado tan hostil, tan lejano, que intentar preguntarse el porqué del sentido de las cosas, resulta hasta extraño.


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SIGUE EN LA PRÓXIMA PARTE...


martes, 1 de septiembre de 2026

ANSIEDAD Y DEPRESIÓN: Una guía para la supervivencia (Introducción + Nota)

 


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Amar a todo aquel que lea esto.
Desear el bien aún cuando
nos han dado el mal.
Vivir aunque nos sintamos esclavos.
Nacimos libres.
Seamos felices.


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«No. No soy feliz, pero hay en mi vida pequeños trozos felices,
soplos de dicha que suavizan el permanente estado angustioso.
Y esos momentos me permiten vivir…»

(Alejandra Pizarnik - «Diarios»)


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-. INTRODUCCIÓN .-

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    Bueno, como dato no menor, tengo decir que estuve metido en una batalla interna muy difícil, debido a que no sabía si hacer este ensayo o simplemente dejar el tema correr libre como el viento. Pero luego de unas largas noches de insomnio me di cuenta que tal vez, realmente sí tenía algo importante para contar, ya que todo lo que aquí se encuentra, no es otra cosa más que mi vivencia como alguien que padece de un trastorno mental. 

    Más allá de las apreciaciones que cualquier otro pueda hacer, se puede afirmar que la depresión y la ansiedad, son en definitiva un trastorno, lo que no significa que deba condicionar las vidas de quienes lo padecen. Es más, existe un equilibrio real en la persona que, pese a la ansiedad o a la depresión que sufre, es dado gracias a la administración de medicación por parte de un profesional de la psiquiatría, sumándole también la importancia de un apoyo psicológico constante por parte de un terapeuta de calidad.



     Para empezar a desarrollar el asunto, haré una salvedad, todo lo que digo aquí es cierto, no vengo a exagerar o a sobrecargar lo que alguien como yo siente, porque de lo contrario no estaría siendo lo suficientemente sincero si tuviera que mentir sobre los aspectos más relevantes o necesarios. Además, veamos el asunto desde un punto de vista objetivo ¿Qué gano yo al mentir sobre mis sentires? Evidentemente nada, salvo la desconfianza y el desprecio de aquellos que realmente están sufriendo, y siendo honesto, no deseo eso.

    No voy hacerme aquí la víctima ni a mandarme lloriqueos de nene pequeño porque «nadie me entiende» y entonces «soy una víctima de la sociedad». Para nada, aquí no van esas cosas, mejor se las dejaremos a esos intentos de «influencers» que quieren lucrar pretendiendo fingir una patología mental (y hasta a veces física) para generar un poco de atención, porque dentro de su realidad nadie les presta ni el más mínimo interés.

   Entonces, desde ya, afirmo que esto va en serio. Ahora, seguro se rascarán la cabeza y dirán ¿Cuál es la finalidad material de todo esto? Bueno, desde la parte técnica de éste texto, mi intención se divide en dos aspectos muy importantes (y de eso se tratará la totalidad del ensayo) a saber: 1]- Poder ofrecer una visión real (desde la experiencia vivida en carne propia) sobre como es transitar la vida con depresión, ansiedad social y estar a la vez medicado, mientras se intenta lidiar con un mundo que dice estar a favor de la salud mental, pero que no duda en señalar y estigmatizar a aquel que está padeciendo algún problema relacionado con su psiquis y 2]- Abordar desde una manera directa y cruda, la situación lamentable que nos ha llevado a tener una crisis de salud mental, con tasas de suicidios altísimas y jóvenes cada vez más afectados por un estado que no pretende (ni le interesa) dar una solución urgente (porque esto no solo se trata de estabilidad financiera), trataré entonces de dejar en claro los datos que día a día las investigaciones arrojan y a la vez, intentaré explicar porqué nadie hace nada (o pareciera que nadie hace nada).


   Pasando todo en limpio, este material se dividirá en dos partes, la primera tratará mi vida y cómo es sobrevivir a un capitalismo voraz y una vida sintética, mientras uno intenta mantenerse más o menos a flote. Evidentemente, en esta parte inicial, daré pistas sutiles sobre como detectar en otros este síntoma y porque creo que la medicación y la terapia psicológica-psiquiátrica es fundamental, pero también tendré que hablar de su elevado costo y lo difícil que puede ser para un gran número de personas acceder a ella, cuando muchas veces el dinero no es el suficiente ni para poder comer.

    En la segunda instancia del ensayo, entraremos ya en una franja más política, para intentar evidenciar porque es absolutamente necesario un involucramiento del sector político,  para brindar una solución acorde a todo esto. Evidentemente daré un mensaje central dirigido a esa juventud un poco perdida y asfixiada por todo este entorno depredador, en el que hay que estar corriendo día tras día, donde ya no se trata de vivir sino de sobrevivir. También haré una mención obligatoria sobre el aumento de los suicidios en la República Argentina y cómo esto también está ligado al consumo y abuso de sustancias (drogas, alcohol, cigarrillos, pastillas sin prescripción médica).


  Trataré, evidentemente, de que nada se me quede afuera. Tampoco deseo que sea un material tan extenso, porque mis motivaciones principales son que esto sea leído por todos, hasta incluso aquel que no es muy amigo de los libros. 

   Necesariamente esto funcionará como una especie de desahogo de alguien que ya está demasiado cansado de tener que remar continuamente en concreto, para intentar salir adelante.

    De igual manera, no lo hago sólo por mí, deseo hacerlo también por aquellas voces que no son escuchadas, que no pueden manifestar su angustia o que simplemente son silenciadas por un mundo bullicioso, que busca siempre acallar a los desposeídos. Al final, todo se trata de eso, darle la mano al más débil, decirle que no está solo, que hay más gente que también la está pasando mal y aunque no lo parezca, esto tiene solución.


    Es muy difícil ver la cara de una persona que ha perdido a su hijo/a por culpa del suicidio, o de alguien cuyo hermano o hermana está tal vez bajo un estado mental angustioso. Muchas veces parece que hasta incluso Dios los ha abandonado. Sin embargo les digo que, momentáneamente, se aferren a todo lo que puedan, a todo lo que les brinde un consuelo, seguridad o les de un cachito de felicidad, como estoy haciendo yo ahora con esto. Este proyecto es lo único que me va a mantener centrado (cuerdo) en el tiempo que me tome realizarlo, porque espero realmente que este viaje me lleve por el terreno de la salvación colectiva (aunque siempre en público me confiese como un ferviente agnóstico).


   A pesar de todo aquí estoy, nada es tan oscuro como parece y el pozo no es tan hondo como nos habían contado, con un poco de ayuda (y algo de suerte) lograremos llegar a ese objetivo deseado.

    Así que toma mi mano, he venido a rescatarte.


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-. NOTA .-

 

    Evidentemente yo no soy psicólogo ni psiquiatra (aclaro de antemano). Lo que yo haya experimentado y lo que esté actualmente viviendo, no hace que lo que yo escriba aquí tenga que ser tomado como palabra santa o un conocimiento revelador.

    Si estás atravesando un mal momento o si por tu mente se cruzan pensamientos de miedo, de dolor, de angustia y de muerte, no te quedes con lo que yo digo, es importante que busques ayuda.

    Créeme lo sé, hablar de lo que nos pasa la mayoría de las veces es incómodo, no nos gusta exponernos de esa manera, pero créeme que te liberará. Busca a alguien de tú familia o de tu círculo cercano, que sabes que no te juzgará y cuéntale todo, no temas en llorar o en enojarte, no te avergüences de tus emociones, es parte del proceso de sanación. 

    Si esa persona te escucha y está dispuesta a ayudarte, acércate a cualquier lugar de salud pública (o privada si puedes costearlo), pide una sesión psicológica, no temas, nadie te va a tratar de loco\a. Ve, libérate, busca mejorar, busca crecer, salir adelante. Luego si quieres, regresa y vuelve a leerme.

    ¿Por qué te digo esto? Porque te necesito acá, vivo/a, presente, con ganas de comerte al mundo, con las ideas centradas y el corazón dispuesto a guiar a los otros. Ve a una iglesia, la que sea, nunca te quedas con la sensación de que algo en vos puede llegar a explotar. 

   Recuerda siempre que buscar ayuda es necesario — es humano — y si alguien te juzga o cuestiona lo que te pasa, no lo pienses mucho y aleja a esas personas negativas de tu vida, porque no quieren lo mejor para vos.

   El proceso de sanación de los traumas y de la creación de una paz mental, muchas veces nos enfrenta a ese problema de tener que quitar de nuestras vidas a quienes no vienen a construir con nosotros.


   Entonces, esta nota es para decirte y recalcarte que eres más valioso/a de lo que crees. No importa lo que diga un ser cualquiera o la misma sociedad, tu valor no está supeditado a nada material, ni a trabajos, ni a gustos comunes. Tu valor reside en la esencia que te hace ser vos mismo, independientemente de lo que hagas o dejes de hacer.



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SIGUE EN LA PRÓXIMA PARTE...