Y un día me dejaron de importar tus problemas, vos, mis viejos, mis hermanos, la tía Pocha, el mundo, y hasta yo mismo. No sé porqué, pero esa sensación de que el tren de la vida se me pasa y no me da tiempo para tomarlo, porque no amaga ni a frenar, de repente también me dejó de importar ¿A dónde voy? ¡Qué sé yo! A donde me lleve el viento ¡Ja, como si eso me importara!
Vivo porque el propio aire es gratis, no por otra cosa. No me mato porque, siendo el aire la única cosa gratuita en este mundo, al menos quiero disfrutar un poco él.
«Ayer me dieron un ascenso en el trabajo» le dije a mi mejor amigo, creo que él está igual que yo: le importa poco o no le importa nada. «Che, viste ese video en que aparece un gato cantando y bailando danzas árabes» me mira con unos ojos llenos de vida y nos reímos al recordarlo, los dos vimos ese video. Que aburrida es la vida de dos personas adultas, cuando el único entretenimiento lo crea una inteligencia artificial.
«Las máquinas nos van a quitar todo lo que tenemos» me gritó mi viejo un domingo de asado, después de su tercer vaso de vino. Quizás tenía razón ¿Pero en qué le afectaba a él si ya estaba jubilado? De todas formas no me puse a discutir, le di la razón. Por mi que me saquen todo, total... ¡Qué me importa!
Vivir insensible es como un talento que se tiene que ir trabajando poco a poco. Muchos creen que se trata de una forma de escudarse de la realidad, en verdad es una actuación para fingir que tú jefe te cae bien (cuando lo querés ver muerto), que amas a tu novia (cuando no podés ni con vos mismo), que sos feliz (cuando te morís se ganas de contarle al mundo que cada día estás peor y que nada te importa realmente).
Un día me pagué un psicólogo, pero no funcionó, a la tercera sesión dijo que me fuera, realmente no vio en mí ninguna intención de cambio ¿Por qué tendría que cambiar? Esta apatía me gusta, yo no quiero que me la saquen, tan sólo deseo aprender a vivir con ella ¿Está tan mal esta postura? ¡Qué sé yo! De todas formas el psicólogo era medio raro.
La calle últimamente se hace cada día un poco más larga, será porque mi desgano es cada vez más pesado, al igual que mis pies cuando tocan las baldosas. La vida no se siente como una mochila, pero más bien es como un collar de perro al que cada tanto, Dios o el Universo, le pega el tirón.
Tendré que aprender a vivir así al parecer, refugiándome en ésta casa, ajeno a todo, loco en mi locura, y con las ganas por el piso.
«¿Qué se le va a hacer?» decía mi abuelo cada vez que se presentaba ante él un dilema que no podía enfrentar. El: «qué se le va a hacer» era como un acto de rendición, en donde se notaba la impotencia de un hombre al ver que hay cosas en la vida que no podemos controlar ¡Salió bueno al final el viejo!
Pero ¿Ahora yo qué hago? No sé qué hacer, ya escribí como terapia, ya pinté, ya dibujé. Creo que lo mejor va a ser que deje de lado este cuaderno, tantas anotaciones juntas ya me están mareando, aunque verdaderamente no sé si tengo ganas.
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