domingo, 1 de noviembre de 2026

MÁS ALLÁ DE LA REALIDAD (Relato corto)





Más allá de la realidad

Por...MARK

(Texto escrito el 28/11/2024 para el concurso del III Premio Anubis sobre cuetos de terror)

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   Éramos los tres mismos amigos de siempre, y los tres nos conocíamos desde chicos. 

   Los tres terminamos la secundaria y fuimos a la universidad. 

   Cada uno eligió algo distinto, pero esa conexión nos terminó por volver a unir. Otra vez los tres, los que éramos «el terremoto» del barrio, sólo unos pibes que querían algo de diversión. Si, preferíamos salir a la calle antes que estar en nuestras casas, no la pasábamos tan bien. 

   Los tres teníamos historias similares de abuso, de violencia intrafamiliar y todo eso.
 
   Los tres éramos muy unidos. Fuimos nuestra pequeña gran familia.

   Primero estaba yo, mí nombre es Joel, mi responsabilidad era la de ser el mayor, el atleta y el más fuerte; luego le seguía Quique, el cerebro y el corazón del grupo; y después estaba Stefania, la chica linda y extrovertida.

   Los tres nos llevábamos bien, casi nunca había problemas entre nosotros. Lo que teníamos en común era el echo de ser muy abiertos, nos contábamos todo (o sea TODO). No nos podíamos guardar nada, nos dimos cuenta que eso nos hacía mal. De hecho, cuando el padre de Quique lo golpeaba, o cuando el padrastro de Stefania había tenido intenciones de propasarse con ella, nos reuníamos en la vieja estación de trenes, no importaba si eran las ocho de la noche o las cuatro de la mañana, todo sea por hacernos compañía un rato. Y a veces me tocaba a mí, mis padres se peleaban mucho entre ellos, y mí madre en venganza me hacía sufrir — se pensaba que así le hacía daño a mi viejo.

   Por eso ninguno de los tres queríamos estar ni un minuto en nuestros hogares. Cuando nos faltaba un año para terminar la escuela nos pusimos a trabajar, cada uno en lugares diferentes, para poder paliar los gastos de lo que sería nuestra humilde vida universitaria más adelante.

   Así lo hicimos, pues cada uno hizo la suya. Por acciones de la vida, y las propias actividades de la rutina, nos fuimos separando, rompiendo esa unidad que tanto nos mantenía juntos. Con el tiempo me di cuenta que esa unió fraternal, fungía como una especie de centro de gravedad, que nos aportaba protección, seguridad y mucho amor.

   Cierta mañana de un jueves de verano sentí la necesidad de volver a verlos, revivir viejos tiempos y así sentirnos como en casa. Tenía pensado hacerles llegar la invitación vía email para una reunión casual, pero cuando revisé la casilla de correo, noté algo extraño. Tenía varios mensajes de Stefanía, eran en total doce, de los cuales cuatro contenían una especie de mensaje cifrado, escrito en un aparente código binario. Me resultó extraño. Luego había cinco emails llenos de palabras inconexas que hablaban de sucesos bíblicos, pero elegidos al azar. Me informaba de cosas que me resultaban extrañas, como por ejemplo, de un libro ritual titulado: «La Clave Menor de Salomón». El resto de emails se componían de imágenes en un lenguaje para nada familiar, pero el último correo fue el que más me impactó.

   Solo había una foto, que era la de un demonio, extraída de algún libro perverso, y un pequeño texto que decía: «Hola, soy Stefania... No te preocupes, ahora estoy con ellos, vienen de otro mundo… Ya tengo una nueva familia». Todo esto me resultaba tan raro, que no dudé en avisarle a Quique, quién me respondió el correo más rápido de lo que pensé, dándome su dirección para que fuera lo antes posible.

   Tomé un par de cosas y me subí al auto, algo raro estaba pasando y era necesario saber qué le sucedía a Stefania, ella no era así, de hecho esas cosas la aterraban demasiado. Si era una broma, evidentemente ella no la había planeado.

   Llegué a la casa de Quique a eso de las diez de la mañana, lo noté muy preocupado, estaba nervioso, la mirada se le escapaba para todos lados, temblaba cuando le estreché la mano. Rápidamente me saludó y me hizo pasar.

   Me ofreció un café y se sentó en el sillón, estaba muy ansioso, estaba seguro de que él sabía algo, así que empecé con la conversación.

—Me preocupa lo de Stefania — dije dándole un trago al café negro y sin azúcar.

—A mí también — suspiró ansioso — No sé como pudo pasar...

—¿A qué te referís? — pregunté extrañado.

—Ya sabes a lo que me refiero — Quique me miró y noté miedo en sus ojos.

—Explicate mejor, porque no te entiendo — ya estaba entrándome el miedo.

—A ver como te lo digo — hizo una pausa breve — Sectas, satanismo, cosas del diablo.

—¿O sea que Stefanía está en una secta? ¡Eso es imposible! — dije con una risa incrédula — A ella le dan miedo esas cosas y vos lo sabes mejor que nadie.

—Por eso te digo — Quique se me quedó mirando como estático.

—No entiendo ¡Quique, explicate bien porque no entiendo un carajo! — Grité con un poco de miedo.

—Yo la llevé ahí— dijo Quique fríamente.

—¿Qué? ¿Qué tenés que ver vos con todo esto?—No sabía que estaba pasando, todo era tan confuso.

—Necesito sangre Joel, sangre de una joven conocida. Ella me amaba, su sangre era más pura aún ¡La necesitaba! — la mirada de Quique había cobrado un tinte perverso.

—¡Estás loco! Vos no eras así ¿Qué te pasó? — lágrimas empezaban a rodar por mi rostro asombrado— ¿Qué le hiciste a Stefanía?

—Nada, solo la descuartizamos, nos la comimos y bebí su sangre. Pero ¿Sabes qué? ¡Necesito más! — sus manos agarraron mí cara — Tengo un demonio adentro que es de otro mundo o tal vez de otra dimensión ¡Estoy poseído Joel! Necesito más sangre, necesito de la tuya. Sangre amiga que le dará alivio a esta sed infernal.

—¡Estás loco! ¡Sos un asesino! — le grite con todas mis fuerzas a la vez que me zafaba de su agarre — Era nuestra amiga.

—No sabes lo rica que era su carne... Lo blando de sus nalgas, su vagina rosa tan llena de… y su sangre, bueno, un elixir — decía Quique mientras se levantaba del sillón.

—¡Asesino! ¡Pervertido! — le grité.

—Me ofendes amiguito con esa acusación, pero esto no se acaba, necesito probarte. Ya no tenes salida Joel — su voz se transformó en un sonido gutural — ¡Sos mío chico!

   Quique se abalanzó sobre mí tirando todo su peso, pero logré esquivarlo. No podía entender qué estaba pasando. Parecía una situación tan surreal, como si estuviera viviendo en una película de terror. 

  Sin previo aviso, el dolor de una mordida sobre mí cuello me sacó de mis pensamientos. Quique se aferraba a mí, y sus dientes habían llegado tan profundo que notaba la sangre salir con fuerza. Lo alejé de una sacudida, causando que se llevara un trozo de mí carne.

   Coloqué mí mano en la herida, como si con ella pudiera hacer algo, y me fui a la cocina, acechado por la figura de quién antes se hacía llamar mi amigo.

   El cuchillo de carnicero me sedujo, diciéndome que era la única forma de librarme de todo. Lo tomé entre mis manos y cuando tuve en frente la la presencia de Quique, empecé a clavarlo una y otra y otra vez, entrando y sacando aquel instrumento, mientras el lugar se salpicaba de un rojo intenso.

   Quinque cayó al suelo con el estómago abierto, y yo me tumbé a su lado, con los ojos llorosos y la herida sangrando. Necesitaba tomar aire. Estuvimos unos segundos en silencio, cuando el cuerpo de Quique comenzó a moverse, seguido de un asqueroso ruido de huesos rotos y vísceras revolcándose. No quería mirar lo que iba a pasar pero no tenía opción, de todas formas no podía creer lo que estaba viendo. Del interior del cuerpo de mí amigo se formaba otro ser, que se erguía lentamente. Era una especie de silueta negra, sin rostro y cubierta completamente de sangre.

   Quise gritar pero no pude.

   Aquella cosa se acercó a mí. Pude observarla en su totalidad, su rostro era de un color negro profundo, algo que hasta el día de hoy no me animo a decir. Después de un rato desapareció (o se evaporó). Acto seguido, me desmayé. 

   Me desperté en mí cama, como si todo lo que había pasado fuera un sueño. Miré el reloj y eran las diez de la noche del jueves ¿Pero si yo hoy había estado precisamente en el departamento de Quique por la mañana? Toqué mí cuello y ahí estaba la herida. Había dejado de sangrar hace rato, pero podía palpar su profundidad, a tal punto que casi me descompongo al sentir mi propia carne expuesta de esa manera. 

   Me levanté de la cama como pude, me vendé la zona y fui al escritorio para mirar la computadora. Como por obra de algún truco macabro del destino, los emails enviados por Stefanía habían desaparecido, pero yo no había tocan nada ¿Qué carajos estaba pasando?

   Caminé por la casa un rato, como buscando alguna respuesta, pero todo estaba normal, no había indicios de que alguien hubiera entrado a dejarme o a borrar los emails.

   Me desplomé en el sillón completamente rendido, mi mente estaba por explotar cuando mi celular comenzó a sonar. Era la llamada de un número que no conocía. Atendí.

—Hola ¿Quién habla? — pregunté nervioso.

—Joel ¿Sos vos? — Dijo la voz desde el celular y prosiguió — ¡Soy yo, Quique! Estoy con Stefanía en casa ¿Te querés sumar así revivimos viejos tiempos?

—Sí Quique…Eeehhhh ¿Cómo estás?...¿Todo tranquilo? — No era capaz de procesar lo que estaba pasando.

—¿Estás bien Joel? ¿Te pasa algo? — Quique sonaba preocupado.

—No..No estoy bien, dame la dirección que voy para allá — Dije tratando de despertarme.

—Dale, ya te la paso ¿Tenés para anotar? — preguntó Quique.

   Como pude trate disimular aquella mordida y fui para su casa. Allí estaba Quique tan normal como siempre y Stefanía estaba viva y nunca mencionó nada sobre los mensajes en el correo. Comprendí que tal vez todo era una especie de confusión de mi mente o una extraña pesadilla.

   Tiempo después, en una charla sobre temas paranormales, alguien me hizo saber que lo que yo viví fue más que una confusión. Había logrado — sin querer — proyectar mi ser hacia una extraña realidad paralela que me llevó a ver algo que, sinceramente, no tenía que haber visto. De todas formas mi realidad actual siguió sin alteraciones y tomé aquello como un misterio más de lo inexplicable que es la experiencia estar vivo.




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sábado, 31 de octubre de 2026

ESPECIAL DE HALLOWEEN

 HISTORIAS PARA NO PODER DORMIR 


CUENTOS CORTOS QUE SE LEEN EN LA OSCURIDAD 



Por...MARK
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💀INTRODUCCIÓN💀 


    A todos, en mayor o menor medida, nos gusta el terror. Nos apasiona sentir esa sensación de estar viendo o escuchando algo que de alguna manera hace despuntar nuestros niveles de adrenalina y cuando menos lo esperamos, damos un salto sobre la silla, justo en el momento en que aquel ente irrumpe en la escena. Esa sensación nos deja con la piel de gallina, transpirados y con un frío que queremos que se vuelva a repetir.
   
 Antiguamente el ser humano se reunía a contar historias, experiencias y vivencias. Sin embargo, son las fechas como Halloween o Día de Muertos, las que hacen más intensas las expectativas de aquel encuentro con lo monstruoso, lo oculto o lo sobrenatural. 

Siempre se creyó en las energías que mueve Halloween, y como durante la «Noche de Brujas», la delgada línea que divide el mundo físico y espiritual se rompe, para que aquellos espíritus puros e impuros, convivan con nosotros. Y quizás están ahora mismo a tú lado, respirándote al oído, mientras estás leyendo esto.

Pero la mejor manera de combatir esas energías, es zambullirse en esta fina selección de los mejores relatos, para que sienta usted el terror en todo su cuerpo.



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💀LOS RELATOS 💀



El pago para el Supay

(MARK)

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   Vi al jinete desde la ventana, cabalgaba en su hermoso caballo negro, atravesando con endereza la tormenta. El viento, la tierra y la lluvia, lo azotaban por todas partes, pero él seguía ahí, imperturbable, firme en el recorrido. Estaba completamente vestido de negro, con un sombrero de color azabache. No sé si era por algún efecto de la tormenta, pero cuando golpeaba algún rayo la tierra, la iluminación parecía no reflejar ningún rostro. Era más bien un fantasma a caballo.

— Ahí anda haciendo sus negocios— dijo mi abuela— Seguro que se va a cobrar alguna deuda pendiente.

— ¿Cómo sabes? — tragué saliva, no quería decirlo pero no me quedaba de otra— ¿Es quien yo creo que es?

— No tengas miedo hijo, a nosotros no nos va a tocar, pero sí, en esta tarde de tormenta, el Diablo sale a hacer sus recados.

— ¿Y a dónde va? — le pregunté asustado.

— Debe ir al rancho de las hermanas González, me dijeron ayer que lo habían llamado, entregando a un recién nacido en alguna de esas Salamancas que hay acá entre los montes.

— Que mal deben estar para pedirle a él lo que fácilmente puede darles Dios— volví a mirar por la ventana— Ojalá que no venga para acá...

— Dios cumple pero tarda, en cambio Él te da todo ahí nomás— mi abuela se paró y puso un tronco en la estufa— Quedate tranquilo que no va a venir a esta casa, acordate que el abuelo, descanse en paz, le prohibió la entrada. Sí pone un pié en la puerta se muere. Estamos bien protegidos.

Cuando me arrimé otra vez a la ventana ya el jinete había desaparecido, pero la tormenta seguía igual. Mi abuela permanecía tranquila y cada tanto se acariciaba el rosario que tenía colgando en el cuello.

De repente todo se volvió silencio en la casa. El ruido del mate hacía más llevadera la situación, hasta que un grito agudo y desesperante de mujer nos alarmó. Mi abuela se aferró al rosario «Que Dios las tenga en la gloria» dijo en un susurro apenas perceptible.

Dejé el mate sobre la mesita de madera y miré por la ventana. Ahí iba otra vez el jinete, se estaba yendo por donde había vendido, pero me pareció ver, que entre el viento, el barro y la lluvia, llevaba atado al caballo el cuerpo de dos mujeres, que las arrastraba como si sus vidas no importaran.

Tragué saliva y volví a mi lugar para retomar el mate. «Que Dios las tenga en la gloria» volvió a repetir mi abuela … «Que Dios las tenga en la gloria» dije junto a ella.
 



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La dama en el disco 

(MARK)

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   La música sonaba en toda la habitación, aquel vinilo que había encontrado en la casa de sus padres le traía a la memoria esos años de adolescente revoltoso, que se la pasaba escuchando rock and roll todo el día, mientras se sentía parte de alguna de esas bandas.

El tocadiscos se la aguantaba bien, tenía sus años pero esa herencia aún permanecía intacta, mientras que el sonido de la batería, el bajo, la guitarra y demás instrumentos musicales, rebotaban sobre la pared e inundaban todo alrededor.

Era un sonido embriagante, seguro de alguna banda psicodélica de los años sesenta. La letra apenas insinuaba temas de hechicería y la historia de una bruja, al ritmo contagioso que producía toda esa perfecta sincronización de la agrupación.

Tony permanecía tirado en el sofá, mientras viajaba con esas melodías. El aire cálido del verano se introducía por la ventana abierta. Mientras intentaba tararear algo de la letra sus ojos comenzaban a cerrarse.

«Ella es una bruja, la mejor que hay por acá/Si tu chica no te ama ella tal vez pueda ayudarte»

   Mientras intentaba cantar, algo lo hizo ponerse más atento. El aire cálido de un instante a otro se convirtió en una brisa helada, que fue escalando hasta un frío intenso que lo hacía tiritar. Se sentó en el sillón y se quedó pensando, la música mientras tanto empezó a sonar distante, lejos de donde estaba él. El ambiente en la habitación cambió, ahora se veía oscuro mientras que afuera el sol irradiaba color.

Quiso ponerse de pié, pero una fuerza lo volvió a sentar. Luego, una masa de aire concentrado golpeó la casa cerrando todas las ventanas en una serie de estruendos que podrían haberlas partido sin ningún problema.

Tony miraba todo atentamente, pero no podía moverse, algo parecía mantenerlo aferrado al sillón. Las pulsaciones de su corazón empezaron a acelerarse, sabía que algo que no podía comprender, estaba sucediendo. La casa a su vez se había quedado en silencio, hasta que otra vez el tocadiscos empezó a sonar de nuevo, pero esta vez la música parecía envolverlo.

«Ella es una bruja/De las mejores que hay por aquí/Sólo di su nombre y ella estará junto a tí»

   El volumen de la canción empezó a subir de forma abrupta, en un momento pensó que se iba a quedarse sordo, porque el sonido parecía penetrar adentro de sus orejas, hasta que de pronto otra vez el silencio. Pero esta vez, en medio de la sala, una luz grisácea apareció dibujando una forma un poco etérea, que parecía no tener sentido, hasta que de la nada se empezó a formar la imagen de una mujer cubierta de un vestido ajado, manchado por el paso del tiempo, a demás de parecer una tela vaporosa que flotaba a pesar de no haber una corriente de aire.

Tony intentó gritar pero no pudo, tampoco podía zafarse de aquel agarre invisible. La mujer se acercó hacia él, le acarició la cabeza con unas manos increíblemente suaves. Luego, esta presencia acercó su rostro y Tony la vió, nunca en su vida había visto un rostro tan bello como aquel.

De repente la música volvió:

«Ya sabes quién es/Ella es la bruja/Estará contigo siempre/Siempre/Siempre»

   Tony se sentía completamente atraído hacia esa figura, hasta que todo en ella cambió, su cuerpo se encorvó, su rostro se envejeció y parte de su pelo se cayó. La mujer lo besó en la frente y comenzó a reírse de una forma espantosa, y esa atracción que Tony sintió en un primer momento, se convirtió en un miedo absoluto.

«El beso de la bruja sellará el pacto/Estará siempre a tú lado/No podrás escapar»

   Casi como un especie de acto reflejo, Tony quiso huir, pero al intentar levantarse del sillón terminó en el piso. Cuando se levantó todo estaba igual que antes, la ventana abierta, los niños jugando en la calle, la brisa cálida, pero el disco ya había terminado.

Intentó tranquilizarse diciendo que todo había sido una pesadilla, tal vez producto de una parálisis del sueño.

Guardó el vinilo en su respectivo lugar y fue al baño a lavarse la cara, quería ver si así reaccionaba, se sentía medio confundido. Cuando se acercó al espejo, notó aquello. En su cuello estaba la marca de un beso. De un beso profundo, rojo, maldito y el que daría inicio al pacto.

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   Muchos vecinos advirtieron que Tony con el tiempo enloqueció. En su casa la única música que se escuchaba era la canción «de la bruja». Dicen que se lo veía hablando solo, hasta que un día desapareció. Cuando la policía entró a la casa para inspeccionar, encontraron sobre el tocadiscos aquel viejo álbum y una nota que decía:

«Ella me reclama, necesito ir a verla ahora mismo. Cruzaré hacia el otro lado, donde viven las maravillas del mundo sobrenatural».

Su cuerpo jamás fue encontrado. Lo que quedan son sólo sospechas, pero al final Tony es el único que sabe qué pasó realmente.





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El hombre del bosque

(MARK)

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   El rugido se escuchó a varios kilómetros de distancia, éste era absolutamente ensordecedor, estridente y bestial. A pocos metros de aquel tupido monte, estaba la cabaña de don Honorio. Este era un viejito simpaticón, de unos setenta años, flaquito y envuelto por una espesa barba y un largo pelo blanco. Quién lo hubiera visto de lejos, hubiera pensado que se trataba de un elemental de la naturaleza, pero no, era tan sólo un habitante más de las montañas que uno se podía encontrar en las regiones de la provincia de Salta.

Ahí, en su pequeña casita, se encargaba de darle cobijo a la gente que estaba de paso. Más que nada a los aventureros que querían salir a cazar a aquella mítica criatura, que según se cuenta, vagaba por aquel lugar como quien se pasea por una plaza pública.

Justo ahora, el viejito Honorio le estaba dando cobijo a unos jóvenes investigadores de la facultad de Ciencias Naturales con base en Buenos Aires. Eran tres chicos de no más de veinticinco o veintiséis años, que venían en busca de aventura. Portaban consigo complejas cámaras de vigilancia, radares, detectores de movimiento, sensores y un montón de cosas más.

Fue en medio de la cena junto a la estufa, cuando aquel grito se escuchó como si lo tuvieran a la lado. Los chicos se miraron con miedo, tal vez las historias no eran simples relatos como ellos pensaban. Don Honorio, que estaba sentado frente a la ventana, sosteniendo un bastón muy rudimentario, miró a la luna y suspiró.

— Hoy hace veinte años de nuestro último encuentro— hizo una pausa y levantó una de las manos, como implorando al cielo— Ojalá ninguno de estos jovencitos tenga la misma suerte que yo.

Los chicos se miraron, dejaron los platos en el suelo y se sentaron a su lado. Uno de ellos habló:

— Díganos don Honorio ¿Usted vio a la bestia?

— ¿Qué si la vi? — el viejo lanzó una risa irónica— Estuve tan cerca de él como lo estoy ahora de ustedes.

— Cuéntenos todo por favor— dijo otro de los chicos— Cualquier testimonio es bienvenido.

   El anciano don Honorio se acomodó en la silla, carraspeo la garganta y empezó con su relato:

«Desde que mis padres se vinieron a vivir a esta casa, que construyeron desde cero, ellos ya sabían de la existencia de esa bestia. Cuando nací yo, su único hijo, siempre me dijeron que tuviera cuidado con no alterar la paz del hombre del bosque. A veces en las tardecitas de invierno, cuando me mandaba mi madre a buscar leña para prender la estufa y la cocina, yo me internaba unos metros en el monte y cada tanto lo veía pasar. Era como un hombre, pero extremadamente alto, de unos dos metros y medio, completamente peludo y con un olor que demostraba que jamás se bañaba. Sin embargo yo le veía pasar, nunca me acerqué a él ni lo molesté. Buscaba la leña y me iba.

«Así fue pasando el tiempo, cada vez que iba al monte lo veía y otras veces no, pero sentía como que alguien, escondido en algún lugar, me miraba. Finalmente mis padres murieron, me quedé con la casa, a ellos los sepulté en el cementerio local y me dediqué a hacer mi vida, acá en la soledad de montaña.

«Cierto día me fui al monte a buscar un poco de ramas secas para hacer un asadito. Estaba lo más tranquilo, cuando el olor a mugre de ese bicho me alertó, cuando quise salir corriendo me di cuenta que estaba frente a él. El corazón parecía que se me iba a salir. Me habían dicho que era bueno, pero ese día se ve que andaba medio cruzado, y nos trenzamos en una lucha feroz. Él me intentó agarrar, pero solo logró arañarme la espalda. Yo como pude le pegué con un tronco grueso, y cuando vi que estaba medio distraído, salí corriendo y me encerré en la casa.

«Trabé bien la puerta y todas las ventanas. Me quedé en silencio, ahí pude sentir como caminaba alrededor de la casa, pero como no me encontró se fue. A partir de ese día, nunca bajo al monte si no es con la escopeta que está allá. Pero gracias a Dios nunca más lo volví a ver, si se lo escucha gritar cada tanto, pero por acá ya no apareció»

Los chicos se miraron asombrados, no podían creer el valioso testimonio que habían tenido el placer de escuchar. Durante esa noche siguieron conversando, y don Honorio les mostró las heridas cicatrizadas de su espalda, en forma de grandes arañazos.

Sin darse cuenta los agarró el amanecer, y los tres estudiantes debían seguir rumbo al monte para ver si lograban capturar alguna imagen.

Don Honorio los vio alejarse por entre el espeso monte mientras lanzaba alguna que otra plegaria a los cielos, porque él sabía muy bien lo que esa bestia era capaz de hacer.




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Umita

(MARK)

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      El caballo pegó un relincho que casi lo hace caer al suelo, menos mal que era un gaucho entrenado en la doma, sino hubiera terminado entre los yuyos y las piedras. Cuando el caballo se tranquilizó, volvió a fijarse en el camino, algo malo presentía, pero debía llegar al rancho antes del amanecer o el patrón lo iba a matar. Mañana lo esperaba desde muy temprano mucho trabajo y no podía darse el lujo de llegar a cualquier hora.

Miró de nuevo el camino y ante él se abría la inmensidad, algunos árboles ofrecían una sombra tétrica bajo la luz de la luna, y un viento muy suave le acariciaba la nuca.

Siguió andando despacio. El silencio era total, no existía ni la más mínima presencia de un animal, aquellos que durante el día iban y venían. Para vencer ese temor natural, iba tarareando una canción hasta que aquel grito desgarrador lo rodeó. Era un lamento tosco, profundo, que evocaba un sentimiento de tristeza muy fuerte. Detuvo al animal y se quedó allí, quieto mientras que el grito parecía ir y venir, a veces rodearlo. Esto evidentemente dificultaba poder hallar la fuente del sonido, hasta que desde una piedra apreció flotando una cabeza de mujer, pero ésta era horrible, casi podrida, con unos dientes chuecos y un pelo duro, pajizo, largo y negro, que se movía al ritmo de un viento que no existía.

El gaucho se quedó mirando aquella cosa que se le acercaba gritando y dando alaridos terribles. El hombre sin pensarlo, clavó las espuelas en el caballo y salió a todo lo que daba. La cabeza espectral lo seguía, yendo a la misma velocidad que el animal.

Al cruzar un pequeño puente la cabeza se detuvo delante de una cruz que ahí estaba pintada, se dio media vuelta y regresó por donde había venido.

El gaucho llegó al rancho de su patrón a plena madrugada, tenía un aspecto desencajado, una cara de espanto que delataba lo peor. Dicen los demás trabajadores, que de su boca solo se oía decir: «Umita, Umita, Umita».

Todos en ese lugar sabían a lo que se refería y también sabían que era una suerte que él estuviera vivo.





FIN