Éramos los tres mismos amigos de siempre, y los tres nos conocíamos desde chicos.
Primero estaba yo, mí nombre es Joel, mi responsabilidad era la de ser el mayor, el atleta y el más fuerte; luego le seguía Quique, el cerebro y el corazón del grupo; y después estaba Stefania, la chica linda y extrovertida.
Los tres nos llevábamos bien, casi nunca había problemas entre nosotros. Lo que teníamos en común era el echo de ser muy abiertos, nos contábamos todo (o sea TODO). No nos podíamos guardar nada, nos dimos cuenta que eso nos hacía mal. De hecho, cuando el padre de Quique lo golpeaba, o cuando el padrastro de Stefania había tenido intenciones de propasarse con ella, nos reuníamos en la vieja estación de trenes, no importaba si eran las ocho de la noche o las cuatro de la mañana, todo sea por hacernos compañía un rato. Y a veces me tocaba a mí, mis padres se peleaban mucho entre ellos, y mí madre en venganza me hacía sufrir — se pensaba que así le hacía daño a mi viejo.
Por eso ninguno de los tres queríamos estar ni un minuto en nuestros hogares. Cuando nos faltaba un año para terminar la escuela nos pusimos a trabajar, cada uno en lugares diferentes, para poder paliar los gastos de lo que sería nuestra humilde vida universitaria más adelante.
Así lo hicimos, pues cada uno hizo la suya. Por acciones de la vida, y las propias actividades de la rutina, nos fuimos separando, rompiendo esa unidad que tanto nos mantenía juntos. Con el tiempo me di cuenta que esa unió fraternal, fungía como una especie de centro de gravedad, que nos aportaba protección, seguridad y mucho amor.
Cierta mañana de un jueves de verano sentí la necesidad de volver a verlos, revivir viejos tiempos y así sentirnos como en casa. Tenía pensado hacerles llegar la invitación vía email para una reunión casual, pero cuando revisé la casilla de correo, noté algo extraño. Tenía varios mensajes de Stefanía, eran en total doce, de los cuales cuatro contenían una especie de mensaje cifrado, escrito en un aparente código binario. Me resultó extraño. Luego había cinco emails llenos de palabras inconexas que hablaban de sucesos bíblicos, pero elegidos al azar. Me informaba de cosas que me resultaban extrañas, como por ejemplo, de un libro ritual titulado: «La Clave Menor de Salomón». El resto de emails se componían de imágenes en un lenguaje para nada familiar, pero el último correo fue el que más me impactó.
Solo había una foto, que era la de un demonio, extraída de algún libro perverso, y un pequeño texto que decía: «Hola, soy Stefania... No te preocupes, ahora estoy con ellos, vienen de otro mundo… Ya tengo una nueva familia». Todo esto me resultaba tan raro, que no dudé en avisarle a Quique, quién me respondió el correo más rápido de lo que pensé, dándome su dirección para que fuera lo antes posible.
Tomé un par de cosas y me subí al auto, algo raro estaba pasando y era necesario saber qué le sucedía a Stefania, ella no era así, de hecho esas cosas la aterraban demasiado. Si era una broma, evidentemente ella no la había planeado.
Llegué a la casa de Quique a eso de las diez de la mañana, lo noté muy preocupado, estaba nervioso, la mirada se le escapaba para todos lados, temblaba cuando le estreché la mano. Rápidamente me saludó y me hizo pasar.
Me ofreció un café y se sentó en el sillón, estaba muy ansioso, estaba seguro de que él sabía algo, así que empecé con la conversación.
—Me preocupa lo de Stefania — dije dándole un trago al café negro y sin azúcar.
—A mí también — suspiró ansioso — No sé como pudo pasar...
—¿A qué te referís? — pregunté extrañado.
—Ya sabes a lo que me refiero — Quique me miró y noté miedo en sus ojos.
—Explicate mejor, porque no te entiendo — ya estaba entrándome el miedo.
—A ver como te lo digo — hizo una pausa breve — Sectas, satanismo, cosas del diablo.
—¿O sea que Stefanía está en una secta? ¡Eso es imposible! — dije con una risa incrédula — A ella le dan miedo esas cosas y vos lo sabes mejor que nadie.
—Por eso te digo — Quique se me quedó mirando como estático.
—No entiendo ¡Quique, explicate bien porque no entiendo un carajo! — Grité con un poco de miedo.
—Yo la llevé ahí— dijo Quique fríamente.
—¿Qué? ¿Qué tenés que ver vos con todo esto?—No sabía que estaba pasando, todo era tan confuso.
—Necesito sangre Joel, sangre de una joven conocida. Ella me amaba, su sangre era más pura aún ¡La necesitaba! — la mirada de Quique había cobrado un tinte perverso.
—¡Estás loco! Vos no eras así ¿Qué te pasó? — lágrimas empezaban a rodar por mi rostro asombrado— ¿Qué le hiciste a Stefanía?
—Nada, solo la descuartizamos, nos la comimos y bebí su sangre. Pero ¿Sabes qué? ¡Necesito más! — sus manos agarraron mí cara — Tengo un demonio adentro que es de otro mundo o tal vez de otra dimensión ¡Estoy poseído Joel! Necesito más sangre, necesito de la tuya. Sangre amiga que le dará alivio a esta sed infernal.
—¡Estás loco! ¡Sos un asesino! — le grite con todas mis fuerzas a la vez que me zafaba de su agarre — Era nuestra amiga.
—No sabes lo rica que era su carne... Lo blando de sus nalgas, su vagina rosa tan llena de… y su sangre, bueno, un elixir — decía Quique mientras se levantaba del sillón.
—¡Asesino! ¡Pervertido! — le grité.
—Me ofendes amiguito con esa acusación, pero esto no se acaba, necesito probarte. Ya no tenes salida Joel — su voz se transformó en un sonido gutural — ¡Sos mío chico!
Quique se abalanzó sobre mí tirando todo su peso, pero logré esquivarlo. No podía entender qué estaba pasando. Parecía una situación tan surreal, como si estuviera viviendo en una película de terror.
Coloqué mí mano en la herida, como si con ella pudiera hacer algo, y me fui a la cocina, acechado por la figura de quién antes se hacía llamar mi amigo.
El cuchillo de carnicero me sedujo, diciéndome que era la única forma de librarme de todo. Lo tomé entre mis manos y cuando tuve en frente la la presencia de Quique, empecé a clavarlo una y otra y otra vez, entrando y sacando aquel instrumento, mientras el lugar se salpicaba de un rojo intenso.
Quinque cayó al suelo con el estómago abierto, y yo me tumbé a su lado, con los ojos llorosos y la herida sangrando. Necesitaba tomar aire. Estuvimos unos segundos en silencio, cuando el cuerpo de Quique comenzó a moverse, seguido de un asqueroso ruido de huesos rotos y vísceras revolcándose. No quería mirar lo que iba a pasar pero no tenía opción, de todas formas no podía creer lo que estaba viendo. Del interior del cuerpo de mí amigo se formaba otro ser, que se erguía lentamente. Era una especie de silueta negra, sin rostro y cubierta completamente de sangre.
Quise gritar pero no pude.
Aquella cosa se acercó a mí. Pude observarla en su totalidad, su rostro era de un color negro profundo, algo que hasta el día de hoy no me animo a decir. Después de un rato desapareció (o se evaporó). Acto seguido, me desmayé.
Me levanté de la cama como pude, me vendé la zona y fui al escritorio para mirar la computadora. Como por obra de algún truco macabro del destino, los emails enviados por Stefanía habían desaparecido, pero yo no había tocan nada ¿Qué carajos estaba pasando?
Caminé por la casa un rato, como buscando alguna respuesta, pero todo estaba normal, no había indicios de que alguien hubiera entrado a dejarme o a borrar los emails.
Me desplomé en el sillón completamente rendido, mi mente estaba por explotar cuando mi celular comenzó a sonar. Era la llamada de un número que no conocía. Atendí.
—Hola ¿Quién habla? — pregunté nervioso.
—Joel ¿Sos vos? — Dijo la voz desde el celular y prosiguió — ¡Soy yo, Quique! Estoy con Stefanía en casa ¿Te querés sumar así revivimos viejos tiempos?
—Sí Quique…Eeehhhh ¿Cómo estás?...¿Todo tranquilo? — No era capaz de procesar lo que estaba pasando.
—¿Estás bien Joel? ¿Te pasa algo? — Quique sonaba preocupado.
—No..No estoy bien, dame la dirección que voy para allá — Dije tratando de despertarme.
—Dale, ya te la paso ¿Tenés para anotar? — preguntó Quique.
Como pude trate disimular aquella mordida y fui para su casa. Allí estaba Quique tan normal como siempre y Stefanía estaba viva y nunca mencionó nada sobre los mensajes en el correo. Comprendí que tal vez todo era una especie de confusión de mi mente o una extraña pesadilla.
Tiempo después, en una charla sobre temas paranormales, alguien me hizo saber que lo que yo viví fue más que una confusión. Había logrado — sin querer — proyectar mi ser hacia una extraña realidad paralela que me llevó a ver algo que, sinceramente, no tenía que haber visto. De todas formas mi realidad actual siguió sin alteraciones y tomé aquello como un misterio más de lo inexplicable que es la experiencia estar vivo.




























































