EL PANCHERO
Por...MARK
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ACTO PRIMERO
La habitación de un rojo color sangre. Las manos teñidas como consecuencia de la violencia. El infierno dibujado en la pared. Las manchas de la locura pintadas en la cara destrozada del cadáver que luchó para no ser cadáver. Las manos gélidas del asesino, que sin titubear arrancan trozos de piel, hasta pelar el cuerpo de su oponente, como si fuera una manzana.
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ACTO SEGUNDO
La risa. Esa risa inconfundible, maníaca, depresiva y provocadora. Risa de loquero, de esquizofrénico sin medicar. Risa que le pone a uno los pelos de punta, y le hace cruzar de vereda cuando se encuentra con algún despojo humano que se ríe así.
Esa es la risa de alguien que se siente carnicero, que ama la masacre, la mutilación y las torturas. Un desquiciado que no mide lo que hace, que actúa por instinto. Alguien que carece de razón.
Y la habitación color rojo sangre, es la única testigo silenciosa, es la única que guardará ese secreto entre sus paredes sin revocar y piso de cerámicas rotas.
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ACTO TERCERO
Después del crimen, viene la parte más importante. La violencia genera hambre, en cierta medida, el placer encierra una cierta relación con el acto de alimentarse. Por ejemplo, cuando mataron a aquel chico (ya hace un tiempo), los asesinos—seres absolutamente despreciables— fueron a comer unas hamburguesas.
Pero éste es distinto, tiene otras costumbres. Es un experto en el arte culinario de preparar y sazonar la carne humana y un maestro manejando los cuchillos. La sangre es su elixir. No es vampirismo, es que solo con ella puede sacarse de encima el peso de la sed.
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ACTO CUARTO
Por un momento la casa con el interior rojo sangre se impregnó de un olor agradable. La piel, que hace apenas unos pocos minutos, había sido desprendida de la carne, ahora había sido delicadamente cortada en pequeñas lonchas, para pasar a hacerse lentamente en un sartén de un blanco impoluto.
La piel había sido condimentada con finas hierbas y una pizca de pimienta negra. No mucha, pues no quería alterar el sabor.
Después de batallar un rato, consiguió unas buenas porciones de carne, que efectivamente las iba a cocinar al horno, era evidente que una pizca de pimienta negra molida, algo de nuez moscada y un poco de provenzal, le darían el toque necesario. Mientras, en la otra hornalla, preparaba esa salsa que él solía hacer a menudo, para acompañar así ese pedazo de carne, que ya desprendía un olor particular. No sé como explicarlo, sabroso y apetecible. Con sólo olfatear un poco el aire a uno ya le empezaba a rugir el zombie que habita en nuestros estómagos.
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ACTO QUINTO
Se agachó y de una bolsa sucia y vieja sacó unas cinco papas. Las lavó, las peló con una paciencia pocas veces vista, después sobre la tabla, las cortó en bastoncitos (todos de la misma medida). Acto seguido tomó una olla, le puso bastante aceite, una vez que el aceite hirvió, le agregó la primera tanda de papas. Y así fue haciendo hasta que tuvo una fuente llena de papas fritas. Controló la salsa haciendo la prueba del pan, algo le faltaba, por eso le espolvoreó una pizca de pimentón.
Probó de nuevo y ahora sí, estaba en su punto justo.
Mientras tanto, la carne se cocinaba de manera lenta. La piel por otro lado, ya estaba lista, quedaba entonces una especie de tira frita, similar al tocino, ideal para acompañarla con una mayonesa (o crema) a base de ajo, pero no tan fuerte. Odiaba sentir su aliento condimentado por las notas del ajo. Sabía que automáticamente después de comer aquello, debía ir corriendo a lavarse los dientes.
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ACTO SEXTO
A él le gustaba que la carne estuviera preferentemente seca, ese tipo de cocción en el que la carne está sellada, es decir, cocida a los costados pero roja en el centro, no le gustaba, le daba asco. Sentía de alguna manera que ese corte estaba vivo.
Para pasar rápido el tiempo en lo que la carne se hacía, se dedicó a seguir extrayendo lo más importante de aquel cadáver, dejando en algunas zonas el hueso limpio. Cuando terminó— acción que no le tomó menos de veinte minutos— colocó los sobrantes en bolsas negras y los metió luego en cajas, herméticamente selladas, que fueron a parar a una especie de frigorífico del tamaño de dos habitaciones, donde se encontraban varias de estas cajas, algunas cubiertas con capas de grueso hielo.
Dejó las cajas sobre otras que ya estaban ahí, cerró la puerta y se fue a la cocina.
Abrió el horno.
Tan sólo cinco o seis minutos más, y ya el manjar estaría listo.
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ACTO SÉPTIMO
Se sentó en la mesa, la comida ya estaba servida. Su lengua babeaba producto del hambre. Ahora había llegado la hora de la degustación.
Cortó un pedazo de carne junto a un poco de piel, le puso una pizca de salsa, colocó una cucharada de papas fritas en el plato y comió como nunca.
Comió como alguien que en su vida hubiera probado bocado. Eran pues las ansias caníbales, el impulso irrefrenable de querer degustar lo prohibido.
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ACTO OCTAVO
De aquel suceso pasaron unos ochos meses...
Cierto día vino a casa Quique, mi vecino, se lo notaba ansioso, me dijo apenas me vio:
— ¡Cayó el pelado che!
— ¿Qué pelado?— le dije.
— El pelado. El gordo... Edgardo Molares... ¡El de la panchería!
— Ah, si, ahora ya sé de quién me hablas— dije reconociendo al hombre— ¿Qué le pasó? ¿Cayó en cana?
— ¡Sí, está en «canadá»!— respondió Quique— Al parecer se quebró y lo confesó todo.
— ¿Qué cosa confesó?—yo estaba extrañado.
— ¿Te acordás de las desapariciones de jóvenes que se produjeron hace más o menos un año? Bueno, el pelado los mató y se los comió. Era un caníbal boludo.
La palabra «caníbal» me generó en ese momento un rechazo insoportable. Sentí como el estómago se me revolvía.
Cuando Quique se fue me quedé pensando: «¿El pelado un caníbal?»... Y yo que decía que él tenía los mejores panchos del planeta.
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CONTINÚA EN EL
SIGUIENTE CAPÍTULO...




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