viernes, 9 de febrero de 2024

CARTA DE UN AMIGO A SU PSIQUIATRA



Febrero de 1905

En algún lugar de la Argentina profunda.



         Mí estimado señor Caressi, tengo hoy el agrado de escribirle ésta carta, por un hecho crucial que vengo atravesando hace unos meses aproximadamente, y como usted, además de ser un fiel amigo, es el mejor psiquiatra de la zona, me veo en la obligación de desnudar lo que me aqueja en ésta simple epístola, que deseo sea breve, como también así lo espero sea mí padecimiento.

   Usted verá, hace ya seis meses que mí dulce y bien amada esposa, Catalina, ha decidido abandonar este mundo de una manera trágica. Aun retengo en mí memoria su silueta delgada, pero pálida, pendiendo de aquella soga que se agarraba a su cuello como una vil serpiente. Me dejó a mí en la posesión de un niño que al no poder cuidar, decidí dárselo a alguien de bien para que pudieran brindarle lo que yo evidentemente no podré.

  Pero eso es solo una pequeña porción de éste gran pastel. El motivo por el que le escribo, es el siguiente: mí mente se encuentra en un estado de completo deterioro, a tal punto que no sé si lo que tengo frente a mis ojos es real o solo un espejismo. De todas formas eso no es lo más extraño, pues puedo ver cosas que de la nada rondan mí tranquila morada. Son como sombras, figuras negras, sin formas aparentes, pero que tratan de intimidarme, someterme o yo que sé. Con el pasar de los días esas sombras se fueron volviendo cada vez más nítidas, y ya puedo identificar ojos rojos de miradas sin vida, bocas grotescas que cargan con dentaduras feroces, de repente veo cuernos, alguna que otra ala (como de murciélago), de repente una cola que se mete debajo de mí cama... Y mí mente lo confirma, veo demonios. Veo seres salidos del más oscuro abismo ¿Pero por qué a mí? ¿Es que acaso quieren invadir mí propiedad? ¿Vienen por mí alma?

  Sin lugar a dudas, lo más curioso es que nadie más los ve, excepto yo. Las empleadas parecen estar normales, cuando esas cosas pasan delante de ellas, y se acercan hacia mí, extendiendo sus negros y peludos brazos. Estoy desesperado, usted se imaginará. Quisiera poder decir con agrado que eso es solo lo único que me preocupa, pero para darle más gravedad al asunto, puedo escucharlos. Hablan, parlotean cosas que no alcanzo a descifrar, pero seguro hablan de mí, y lo peor son sus risas. Los puedo escuchar riéndose en mí cara, con sus bocas bien abiertas, lanzando carcajadas burlonas mientras se pasean de un lado a otro de la casa.

   Se que le parecerá raro, pero es tan real como esta carta. Lo peor de todo es a la noche, cuando en el silencio de mí cuarto, los escucho reírse bajito, mientras susurran yo que sé que cosas. Por eso hace dos semanas que no duermo, me es imposible con esa cosas allí. Tuve que recurrir a pedir auxilio al cura de un pueblo cercano. Vino y bendijo la casa, me dijo que tenga fe y rece todas las noches. Nada, todo fue en vano, esas visiones siguen allí y yo ya no puedo más.




  Me persiguen a donde quiera que yo vaya, no importa si es al trabajo (del cual ahora estoy alejado), o al almacén de la señora Gladys. Esto representa el infierno para mí y creo firmemente que esto involucra el probable fin de mi vida.

  Quiero que entienda que yo no estoy loco, pero no se porque esas cosas se empeñan en molestarme.

 Volviendo a lo que dije un poquito más arriba, he tenido tres intentos de suicidio, pero de todos ellos guardo solo cicatrices. El más reciente fue hace cuatro días, cuando el frío caño de mí pistola se posó sobre mí boca, estaba decidido a darle fin a esta existencia, cuando observo asomarse por entre la pared, a tres o cuatro de estos seres que me miraban a la expectativa de lo iba a suceder. Y lo peor de todo es que se reían a carcajadas, así que tome mí arma y disparé con furia sobre la pared. Los sirvientes al escuchar los disparos, subieron a mí habitación, y me encontraron de rodillas, llorando y suplicándole a Dios que frene este castigo. Amablemente me llevaron al comedor donde me dieron un té caliente, y Marcia, la criada vieja que está a cargo de todo desde hace años, corrió a llamar al doctor Rosas, conocido médico general, pero me temo que no pudo hacer mucho. Solo se limito a medir mí fiebre, tomar la tensión y me pidió de buena gana que me recostara un rato, porque me notaba demasiado alterado. Pero como iba a poder acostarme si a cada instante tenía esas cosas demoníacas riéndose de mí, hablando pestes de mí existencia entre susurros.

   Me temo mí querido amigo que la angustia me está ganando, me veo entregado de a poco a las puertas de la locura. Quisiera saber si existe alguna oportunidad de instalarme en el hospicio en el que usted trabaja cuidando y atendiendo a otros que se dicen «alienados», pero no sé si allí estaré a salvo de estas criaturas. Pero me reconfortaria saber que está su presencia, no hay nada más valioso que el cariño y la compañía de un amigo. Lástima que me siento enfermo, sobrepasado por esta tragedia. Ahora mismo, mientras le escribo esto, tengo a uno de esos demonios parado a mí
lado, negro como una sombra, los ojos bien abiertos, al igual que su boca con la cual esboza una sonrisa desagradable. Y se ríe, se rie despacio (infeliz, se cree que no lo escucho).

   Llegado a este punto también tengo que confesarle otros síntomas de esta locura, y con toda vergüenza, más que nada por la memoria de mí difunta y amada esposa, pero siento en mí un deseo carnal que me carcome. Los apetitos sexuales se elevan y agudizan por la noche, más cuando Lidia, la criada más joven, hija más chica de Marcia, viene a verme a mí cuarto, para saber como estoy. No puedo dejar de imaginármela sin ropa, con su piel morena siendo acaricidada por el aire, paseándose tímidamente por la habitación, esperando ser desflorada por mí. Esa sensación se apodera de mí y es tan fuerte que no logro controlarla. Un día, al verme completamente segado por ese deseo, la obligué a beber de mí virilidad. Su boca, su lengua juguetona, me acariciaban con una sensación propia de la juventud experimentada ¿Entonces no era virgen? ¡Que decepción supuso eso para mí! Pero el deseo seguía y me sumergí entre sus piernas, mientras veía a esos demonios acariciarse sus miembros turgentes, a la vez que contemplaban esa escena. ¡Dios, solo pido perdón a mí esposa y a usted por leer esto! Pero de la nada todo calmó, hasta que conocí al hijo del doctor Bulatti, abogado de ley (amigo de la casa), pero su criatura, un jovencito de unos dieciocho años, de figura flaca, de piel blanca como la leche, mejillas rosadas y ademanes afeminados, vino a despertar en mí otra vez ese deseo. Por su puesto que pude encontrarme a solas con ese muchachito en mí habitación, no había ninguna experiencia en el amor de su parte. Lo traté bien, nos llenamos de placer y lo vi dos o tres veces más (él siempre volvía). Los demonios repetían el mismo acto que con la hija de Marcia, recurrían a acariciar sus miembros, mientras nos observaban en silencio. Era el único momento donde permanecían sin emitir ningún sonido.

  Últimamente ese deseo carnal ha sido apaciguado pero no sé por cuánto tiempo. Solo espero que el suficiente hasta que usted responda y pueda verme. Espero que sea lo antes posible.

   Le juro mí estimado amigo que intento buscar una respuesta a todo esto, pero solo veo oscuridad. Tratar de sumergirme en el abismo que simboliza mi mente, me resulta completamente agotador. No puedo hacer un autoanálisis ya que si fuera por mí pediría ser fusilado antes de que todo sea un caos mayor.

   Bueno, sin más que agregar aquí me despido, espero que pueda leer esto y que porfavor encuentre una cura para mí mal.

Un saludo, su amigo eterno.

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