¡ADVERTENCIA!
LOS SIGUIENTES TEXTOS QUE ACONTINUACIÓN SE PRESENTAN, SON DE CONTENIDO DELICADO Y/O EXPLÍCITO.
SI ES USTED UNA PERSONA SENSIBLE A LA VIOLENCIA, AL CONTENIDO ERÓTICO EXPLÍCITO O MENOR DE EDAD, SE RECOMIENDA NO SEGUIR BAJANDO.
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TIÑA PEDIS
La picazón empezó cerca del mediodía. Le era completamente horrible esa sensación de sentir como los pies le picaban. A eso de las cuatro de la tarde, media hora antes de salir del trabajo, la comezón entre medio de los dedos de sus pies, se le hacía absolutamente insoportable. Tenía ganas de arrancarse los zapatos y rascarse, pero sabía que podía hacerlo cuando pusiese un pie en su casa.
Finalmente salió de la oficina, se subió a la moto, y fue lo más rápido que pudo hasta su hogar. Esperar en los semáforos era una situación desesperada. Hasta que apareció al doblar la esquina, casi como una visión sacra, su casa.
Metió la moto en el garaje, entró a la casa, subió las escaleras y entró a su habitación, a las apuradas se quitó los zapatos, y comenzó a rascarse. Pero había un problema, las medias impedían llevar la tarea como debía de ser. Se las quitó, y se mostró ante él, sus pies ardientes, que empezó a rascar con furia. Como si estuviera poseído por una entidad maligna.
El ruido de las uñas raspando la piel, le retumbaba en los oídos. Su cara estaba desencajada, en una mezcla de placer y dolor.
Estuvo como quince minutos rascándose, y la comezón no cesaba. Cuando quiso darse cuenta, había despellejado por completo los dedos de su pié derecho. Se miró las manos y estaban cubiertas de sangre y algo de epidermis salpicada en sus uñas. No tuvo tiempo de alarmarse, porque la comezón continuaba, y así prosiguió hasta terminar revelando el hueso de los dedos. Luego continuó sobre el pie izquierdo, dejándolo en las mismas condiciones.
Pero la sensación de malestar, de picazón seguía allí. Ya no sabía que hacer hasta que decidió bajar al garaje. Quería terminar de una vez con ese castigo horrendo.
Como pudo llegó al garaje, dejando un rastro de sangre por todas las escaleras. Ya en aquella habitación, abrió la puerta de una alacena donde tenía herramientas de trabajo y sacó una sierra de hoja ancha. La miró y sonrió como un loco.
Puso su pie derecho que le ardía por la herida y por la picazón, y con la sierra, empezó cortar su pie. La sangre brotaba y el ruido del hueso que quería ser cortado era espantoso. Tardó un poco pero logró concretar la empresa. Quiso cortar el izquierdo pero era tanta la sangre que perdía, que perdió la conciencia y cayó al piso.
Al rato cayó su pareja, que al abrir la puerta del garaje para guardar el auto, encotró un baño de sangre. Mientras ella llamaba a una ambulancia, él no paraba de repetir: «Tengo que cortarme en el otro pie, me pica... me tengo que rascar».
La había conocido por esas aplicaciones de citas, que tan populares se han vuelto últimamente. Dijo llamarse Irene, y que estaría en su casa dentro de media hora. Él la espero con todo listo, la cama finamente armada, perfume de rosas en la habitación, bien bañadito, una caja con tres preservativos listos para usar, y un pomo de lubricante, en caso de que ella no fuera lo suficientemente «húmeda».
A la media hora, sonó el portero, le confirmó su presencia y le dijo que tomara el ascensor hasta el piso octavo, de allí que se dirigiera a la puerta 208. Ella lo hizo, y finalmente estuvieron los dos solos.
Ella era una chica hermosa, jóven, e intrépida, enseguida sintió el impulso de besarla, y se enredaron las lenguas en ese apasionante acto. Él le dijo de ir a la cama, Irene asintió como empujada por una fuerza erótica superior. Allí, en el lecho comenzaron a tocarse, a recorrerse, y se desnudaron. Irene jugó con su pene, lo chupó, lo saboreó, los disfrutó. Él gemía desesperado ante aquella boca de ángel, que denotaba una basta experiencia comiendo penes. Pero él no se quedaría atrás, quería demostrarle que también tenía experiencia comiendo vaginas.
Se recostó Irene, mientras el joven jugaba con sus pechos, apretando y rozando sus pezones rosados y duros. De allí recorrió con besos todo el abdomen, hasta llegar a ese lugar que le haría ver las estrellas. Estaba depilado, por lo que sería mucho más cómodo, pero algo llamó su atención. Un extraño olor salía de allí, casi nauseabundo, pero no le hizo caso, quería demostrar que era todo un hombre. Con el rozar de los primeros lengüetazos, sintió un gusto amargo, y como un líquido verdoso brotaba de esa vagina un poco decolorada. Trató de no hacerle caso, pese a que el gusto a podrido y el olor asqueroso eran insoportables.
Trató de no darle importancia, y comenzó desesperado a comerse esa vagina, que parecía ya una fruta pasada, hasta que trocitos de piel se le quedaron entre sus labios y dientes. Mientras más chupaba más piel se desprendía. La vagina podrida, se estaba deshaciendo, quedando solo una masa asquerosa, mientras Irene gemía de dolor y de placer.
Él prosiguió un poco asustado, hasta que una lluvía de eyaculación y sangre perlada empezó a llover por su cara, la muy perra estaba acabando sangre. Cuando miro la vagina, esta refleja su interior cubierto de una masa verde, que parecía latir, como si estuviera viva. No lo pudo contener y vomitó sobre ella. Irene se metió los dedos, y la vagina se rasgó, liberando un olor espantoso. Le rogó que se la metiera, pero el pobre muchacho aún se estaba sacando los trozos desechos de su boca, de una vagina descompuesta.
Cuando volvió la vista hacia aquel órgano destruído, no tuvo más remedio que volver a vomitar.
MAL VIAJE
Nunca había probado ningún tipo de sustancia o droga, digamos que en ese aspecto de mi vida era virgen. Pero pronto todo cambiaría cuando mis amigos de la universidad decidieron hacer una reunión en la casa de Virginia, una chica simpática pero demasiado alegre para mi gusto.
La cuestión era que me encontraba en aquel departamento donde comimos unas ricas pizzas y tomamos cerveza hasta el hartazgo. Fue entonces cuando Virginia trajo el postre final, una fuente llena de hongos que ella afirmaba eran alucinógenos.
Nos invitó a comerlos pero le dije que no me animaba, pero entonces todos me abuchearon y me llamaron «aguafiestas». No quería quedar como un cobarde frente a mis amigos, así que tomé uno, y le dí un mordisco.
Durante los primeros segundos no sentí nada especial, pero al rato vinieron los síntomas. Empecé a sentir como me corría un hormigueo sobre mi cuerpo que duró un instante, luego noté que mi cuerpo no pesaba nada, era liviano como una pluma, casi como que flotaba. Todo a mi alrededor era silencio, podía ver las caras de mis amigos pero no escuchaba nada de lo decían. Cada uno estaba en su propio trance.
Entonces vino lo peor, sentí como mi cerebro se retorcía a la par que distintos destellos de luces, que eran de todos colores, me iluminaban la cara. Lo más extraño era que podía escucharlos, el rojo tenía un sonido, mientras que el verde otro distinto al amarillos y así.
Después llegaron las alucinaciones, rostros deformes que me hablaban, de la nada aparecían cadáveres sangrantes y en eso todas las visiones se retuercen y empiezo a sentir una extraña excitación, sentía que mi pene iba a estallar.
Más imágenes inconexas que me rodeaban, algunos parecían demonios, a veces ángeles y una voz especialmente femenina que me decía casi gritando: «Mátalos, mátalos». Sentía que el corazón se me iba a salir, la cabeza me dolía, gritaba pero no podía escucharme (ignoro si los otros lo hacían). Tampoco podía verlos, pues frente a mis ojos se mostraba una película irreal, llena de imágenes dantescas y grotescas.
Llegué a un punto en donde creí desmayarme. Se ve que lo hice, porque cuando desperté estaba en una cama de hospital. Había un policía a mi lado y le pregunté qué había pasado.
-Tus amigos están muertos, pasarás una buena temporada en la cárcel- dijo.
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