13, EL NÚMERO DE LA YETA
CONCEPTOS QUE PINTAN DE NEGRO A UN DÍA CUALQUIERA
Por...MARK
******
«La tarde triste y yo
Unidos somos dos
Queremos esquivar la soledad»
(El Reloj - «Blues del Atardecer»)
*
SECCIÓN PRIMERA
I
El domingo se presenta con horas que en un principio pasaron lentas, luego fueron moviéndose a velocidades inesperadas y ahora, en este instante, son tan lentas que su paso por el reloj se traduce en sufrimiento dentro de mi interior.
II
No me malentienda, no es que no disfrute el domingo, es tan sólo que su aura mortuoria de día desolado, me inunda cuando lo respiro. Es que es en el silencio de la ciudad, cuando me doy cuenta que todo este tiempo estuve perdido.
III
Y todos estamos un poco perdidos a decir verdad. Los domingos nos sentimos confundidos, no deseamos que llegue el lunes, porque es este el causante de nuestras ansiedades. Llevar de nuevo la rueda de la rutina, nos cansa, nos preocupa, nos martiriza.
******
SECCIÓN SEGUNDA
IV
Hoy, descubrí que este laberinto no tiene una salida, y que día a día la sociedad sigue haciéndolo cada vez más y más grande, siendo prácticamente imposible salir. Somos como hámsters dentro de una pecera, yendo mil y un veces por los mismos lugares de siempre, recayendo en las mismas cosas, como si estuviéramos programados para hacer siempre lo mismo, y no existiera la posibilidad de hacer algo diferente.
V
El domingo es día de reposo, es el día para dejar de correr por esos pasadizos ciclópeos y llenos de musgo. Es el momento de reconexión, y ahí entonces viene la ansiedad. Viene porque de igual manera nos sentimos vacíos, porque somos libres los fines de semana, pero después, cuando falta poco para el lunes, caemos en cuenta de que toca ponernos las cadenas otra vez.
VI
Ahora, en estos últimos domingos del año, todo el peso aumenta. Es ahí, al abrigo de la soledad, donde abrazados a nuestras rodillas y con la espalda sangrando, nos lamentamos por no haber hecho lo que el treinta y uno de diciembre pasado nos propusimos. Idealizamos metas, hacemos la lista de cosas por cumplir, pero ni siquiera podemos llegar a hacer la mitad. Y ahí es cuando, a fin de año, tomamos el látigo y comenzamos a autoflagelarnos, hasta que la carne que recubre nuestra espina dorsal, se desprenda en una masa roja y sanguinolenta.
******
SECCIÓN TERCERA
VII
Los domingos son días en los que uno se rinde. Yo, por mi parte, incrusté en mi cerebro la bandera blanca—que más bien parece un trapo sucio— para recordarme a mí mismo que hasta aquí llegué. Me rindo ante la vida, elijo hoy, marchar como los hojas, fluir si hay que fluir, sufrir si hay que sufrir, y afrontar la alegría con el debido pesimismo que me brota por los poros.
VIII
La angustia de las rutinas me impide hacer de la vida un goce. Andar en bicicleta, que cuando niño era un divertimento más que placentero, ahora no es más que pedaleadas locas para llegar a horario a un lugar que debe ser llamado «de trabajo» o para asistir a vaya a saber que evento (absolutamente innecesario). Corremos como si el tiempo de verdad existiera, pero cómo puede algo, que nosotros mismos inventamos, afectarnos tanto la vida. En el apuro por no fallar, terminamos fallándonos a nosotros mismos, porque perdemos el tiempo que nosotros mismos creamos, en cosas que nosotros mismos creemos que son importantes, y cuando se nos va la vida, uno generalmente se lamenta por el tiempo que perdió, por la pequeñas cosas en las que se preocupó… Porque al calor de la muerte (y la promesa de un más allá eternamente tranquilo), la vida se presenta como un teatro verdaderamente aburrido y lleno de sufrimiento.
******
SECCIÓN CUARTA
IX
Al abrigo del domingo, nos damos cuenta de nuestra miseria, de nuestro estado de completo desasosiego, no queremos que el día que le sigue llegue. Nos perturba la paz, el saber que nos vemos completamente indefensos ante el avance del gigante que representa la ciudad. Somos como David, pero ante este Goliat nos hacemos pis encima.
X
La última crisis depresiva del año, la tuve hace unos días. Era tanta la impotencia que no pude evitar dejar escapar el llanto, ni siquiera pude evitar gritarle a la persona que amo. Cuando entro en la crisis profunda, solo quiero dejarme morir, solo quiero dormir para ya no despertar jamás. Ese mismo día tuve una charla con mi novia, entre lágrimas le expliqué que la depresión es en mí una maldición, yo no elegí nacer así (ni mucho menos nacer) ¿Pero por qué estallo de esa manera? Es porque aguanto más de la cuenta, al igual que un globo me voy inflando de a poco hasta que llega el momento en el que ya no entra más aire y reviento. Son esos momentos en los que estoy harto de la vida, son esos instantes en los que ya nada parece ser lo suficientemente bueno y agradable... Ahora, que alguien me explique: como se le puede pedir valoración a alguien que tiene la autoestima tan vilipendiada.
******
SECCIÓN QUINTA
XI
Espero que los domingos del 2026 vengan con más alegría, aunque me da miedo afrontar un nuevo año, más cuando me siento tan cansado. No quiero parecer un mocoso edgy, pero creo que lo que estoy padeciendo son las consecuencias de una vida que está completamente corrupta y que debe ser arrancada de raíz. Pero tampoco quiero terminar con todo, el misterio sobre lo que me deparará el futuro me seduce, pero es en el día a día cuando flaqueo. No tengo la resistencia estoica, no tengo tampoco el ímpetu bravo de los guerreros espartanos. Soy solo un hombre que se siente roto. No es que haya tiempos fáciles, es que hay tiempo que se pierde, y que es irrecuperable.
XII
Cuando escribí el ensayo sobre el suicidio, dije que la sociedad se debate entre dos posturas que hoy están muy latentes: el absurdismo (Camus) y el la búsqueda del sentido (Frankl). Dije entonces que la necesidad humana de encontrar un sentido, puede ser un antídoto formidable contra la idea de querer morirse. Ahora, después de la experiencia pasada me pregunto: ¿Qué pasa entonces con los que atentan contra su propia vida aún habiendo encontrado su propósito? Es duro de aceptar— como me es duro aceptar esta contradicción— y darme cuenta que el suicidio no depende de nada externo ni interno, que es más bien una decisión que puede tomar una persona en cualquier etapa de su vida, ya sea en un momento miserable o de absoluto esplendor. Después vienen las conclusiones, las sospechas y los por qué, pero antes está el sufrimiento en silencio, el grito ahogado de alguien que da señales pero quiere disimular para que nadie vaya a pensar que «quiere llamar la atención». Al final no sé trata del absurdo versus el sentido, sino de combatir los demonios internos con un poco de vida.
XIII
Uno se da cuenta después que hacer por los demás es como esperar hablarle a una pared y que esta nos responda. Los domingos, son días entregados a la introspección profunda, uno sabe que hay veces en las que hacer por los demás, no siempre es bueno, porque generalmente el otro olvida rápido la buena acción y no es capaz de devolver el favor. Prefiero entonces no hacerlo, si es que desde la otra parte no voy a recibir nada. También, al preferir no ayudar, me hago cargo de los improperios que luego recibiré, porque cuando el que es tomado por tonto (ya que es demasiado bueno) decide ya no ser tratado como tal, pasa entonces a ser un villano de cuento, porque se niega a hacerle un favor a aquel que pide pero no hace nada para retribuir la atención prestada. No se pide a cambio dinero, no se debe pedir a cambio algo material, tan sólo un poco de humanidad es lo único que se necesita. No tomes al bueno por tonto, porque cuando este se canse, su venganza será mil veces peor.
*








No hay comentarios.:
Publicar un comentario