Mira las estrellas y allí encontrarás la verdad. Cuando alces la vista al cielo, comprenderás lo insignificante que somos, entenderás entonces que una estrella no vale más que un humano, y que un planeta cualquiera es igual de importante que el nuestro. Nada está librado al azar, todas las cosas tienen un motivo, una causa, un fin, un propósito para el que fueron creadas. Desde el peso, el tamaño, el movimiento y el color, hasta cualquier otro minúsculo detalle, están hechos a conciencia, pues de alguna manera, la naturaleza, para que pueda funcionar como debe ser, necesita evidentemente de un orden que haga poner a cada cosa en su lugar.
De hecho vos mismo fuiste creado justamente como tenías que ser. Todo lo que hay en vos, está en su justa medida para que pueda funcionar de manera armónica con las leyes de la naturaleza, de lo contrario el desequilibrio imposibilitaría la vida. Tu peso, tu altura, tu capacidad de razonamiento, todo eso está calculado en la balanza de la vida, que rige las leyes naturales y sobrenaturales.
Hasta lo que no tiene explicación, tiene también un cierto cuerpo, un cierto peso, y un propósito vital por el cual necesita formar parte de éste Todo, para poder vivir. Los grandes misterios, lo oculto y hasta lo místico, necesitan de la interacción plena con la vida, pues gracias a ella y su energía, logra subsistir. Por eso, todo siempre lleva al principio de la causa, si un elemento estuviera fuera de lugar, el universo, lo natural, lo humano y lo sobrenatural funcionarían con evidentes fallas.
Pero, como toda cosa que existe, que sea perfecta en esencia, no significa que no pueda equivocarse, pues la naturaleza de la vida implica evidentemente cierto porcentaje de error. El acierto y el fallo, son una parte importante de la vida y son las dos caras de esta misma moneda, lo importante entonces, es convivir con esa hermosa posibilidad de que todo puede ser encauzado hacia un logro o un fracaso.
Si en lo perfecto no existiera la posibilidad de la imperfección, la vida misma sería absurda y sería injusto que se llamara vida, ya que la vida per se no es otra cosa más que la interpretación de la realidad, y por lo tanto esa interpretación, implica de forma directa, la experimentación de la risa y el llanto.
Si todo fuera como en un sueño idílico, nos olvidaríamos por completo de que los errores son también un parte importante para absorber aprendizaje. De lo lindo se aprende del placer de estar vivo, de las penas se aprende a estar vivo.
La existencia trae implícita el dolor, no se puede pretender meter la mano en el fuego y no quemarse. Por eso vivir tiene una carga muchas veces negativa, porque es el empuje para entender la vida.
A la vista de los mortales, fracasar [en cualquier ámbito] o perder, es un sinónimo de debilidad, pero en realidad es una muestra clara de que el Universo o cualquier fuerza ulterior a la humanidad, está pretendiendo que aprendas algo o que intentes procesar lo que estás viviendo.
El gran mal de esta nueva manera de vivir, es el hecho de estar continuamente en ese estado de piloto automático, haciendo tan sólo por la propia inercia que crea la masa social. Esa expresión de vida que llamamos «piloto automático», no es otra cosa más que la incapacidad de observar de manera crítica las actividades que estamos desarrollando. Hacer por hacer, sin detenerse a razonar lo que se está haciendo, es una acción altamente negativa.
El no detenerse siquiera a intentar entender las características de aquellos que tenemos que ejecutar, nos puede poner en una situación ampliamente desfavorable, porque de alguna manera, nos convertiremos en esclavos de alguna especie de organización espiritualmente dañina, que solo quiere drenar nuestra fuerza de voluntad, a cambio de prolongadas horas de no-pensamiento y de evasión de los sentires más profundos.
Hoy dejamos de lado el alma, que es el motor de la energía vital, es decir: soplo de vida que guía de manera magnífica las pasiones más sublimes [escritura, música, pintura, etc.]. En lugar del alma, solo nos queda un hueco vacío que solo puede ser llenado por el vacío que nos trae una sociedad vacía. Espero que se entienda que: el vacío que se llena con vacío, definitivamente no se llena, más bien nos da esa sensación de saciedad, pero es una forma de autoengaño, nada más que un placer pasajero y sin ningún efecto positivo en nuestras vidas.
La sociedad de las distracciones es así, no perdona nada. No hay edad que no esté enganchada a esa rueda maligna que hace que salir de ella sea algo completamente imposible. Aunque me atrevería a decir que es casi imposible, porque la única solución ante esta problemática, es la fuerza de voluntad que nace de la razón y esta a su vez debe ser acompañada por la fuerza del alma, para buscar el espacio que permita la autonomía del ser lejos de las distracciones mundanas. Los esclavos tecnológicos serán libres, el día que logren emanciparse de todos los aparatos, y sólo así serán libres al fin.
La vida moderna implica siempre una evasión de la realidad. Se cree—y este es un error gravísimo— que a más conectividad, más acercamiento con la realidad contingente que nos rodea, pero siendo sinceros, lo que vemos es una contínua separación entre el hombre y su realidad, porque no le interesa entenderla, más bien prefiere el entretenimiento decadente en vez de algo que haga alinear su línea de acción, y le permita evolucionar en mente, cuerpo y espíritu. La consecuencia de ignorar la relación humana con la realidad, es devastadora, se llega entonces a la ignorancia, el mal de todos los males.
Caer en la ignorancia es ignorar la experiencia (valga la redundancia), es querer olvidar el costado trascendental del ser humano.
No hay que olvidarse que cada persona es la experiencia de otra y la otra la experiencia de otra y así. Tú eres mi experiencia en mí y yo soy tu experiencia en tí. La sabiduría verdadera es necesariamente compartida, nace de un Uno para un Todo, y es ese «Todo» quien luego deberá diseminarla más allá de sus propios confines, pues así funciona por ejemplo, la educación: parte obligadamente de un Uno [profesor, maestro] hacia un todo [alumnado], luego será responsabilidad de ese Todo, darle la debida continuidad a ese conocimiento para que no pierda valor y puedan cosechar los frutos dulces del saber, alimento vital para el alma-mente. Ahora, si no se trabaja con la suficiente diligencia para que el conocimiento prospere y en cambio se deja perecer los frutos, se recae ahí en la ignorancia, trampa para los que deciden enredarse en su propia miseria.
Ahora es tu deber analizar lo que te he narrado, deberás procesar de manera activa los conocimientos, sin la intención de estar obligado a ello. Hay que recordar siempre que el saber es un camino que cada uno de nosotros debe elegir sin sentir presión, porque de lo contrario, si nos sentimos obligados a caminar por él cuando nos vence el desgano, veremos entonces que estamos ante un trabajo inútil. Es como dice el dicho: «no puedes pedirle peras a un olmo», de la misma manera no debes pretender conocimiento cuando realmente sientes que no es lo tuyo.
Lo mejor que puedes hacer es darte un tiempo para analizar tus ideas, poner en orden tus pensamientos, y una vez que todo en tí se vuelva armonía, ahí podrás saborear las mieles del saber.
Que así sea dicho y que así sea la voluntad.





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