UN MÁGICO SECRETO
Una historia de Navidad
Sinceramente no suelo hablar mucho de este tema con la gente común, pues de seguro les parecería raro, pero estoy completamente convencido de que ustedes sí entenderán.
Todo comienza en una hermosa, a la vez calurosa noche de navidad, o en una hermosa noche buena sería mejor decir. Yo contaba en ese momento con la misma edad que vos, cuando en esta fecha se reunía toda mí familia, y la casa de mis padres durante esta tan agitada época, se llenaba siempre de ese aire impregnado de amor familiar y de aroma a rica comida sobre todo.
Siempre amé la navidad, siempre amé el hecho de que mis primos, mis cuatro abuelos, y todos nuestros parientes vinieran a casa, porque eso daba un clima hermoso y festivo, y nada mejor para éstas fechas que el cariño, siempre bien recibido, de la familia.
Una vez se hubieron ordenado los comensales, y servido la comida, que eran alrededor de las nueve, o nueve y media de la noche, comenzamos a cenar. Todo era alegría, todo era hablar y hablar, con música de fiesta de fondo. La verdad, es que todo estaba riquísimo, pero lo mejor de la noche fue el postre del final: una exquisita torta de chocolate, bañada en más chocolate pero semi-amargo, y rellena con un delicioso dulce de leche repostero y merengue, más el infaltable pan dulce, los budines caseros de la abuela Coca y turrones.
Debido a todo lo que había comido, estuve durante un buen rato con un tremendo dolor de estómago, que me condujo a estar un momento a solas en mí cuarto, alejado de todos y tirado panza abajo sobre la cama. Un primo, el más pequeño, dijo algo acerca de ir a jugar, pero le respondí que por el momento no, una vez que me recuperara jugaríamos toda la noche, se lo prometí. Cerré la puerta de mí habitación, y sin querer, me quedé dormido.
No sé qué hora era cuando por fin me digné a abrir los ojos, todo estaba oscuro y calmo, demasiado para mí gusto. Pero el silencio de mí habitación era interrumpido por las risotadas y las tremendas carcajadas de mí familia, que me llegaban desde lo que supuse sería el patio. De seguro estaban esperando la llegada de Papá Noel y yo no podía perdérmelo por nada en el mundo.
Me levanté enseguida dispuesto a salir a encontrar a toda mí familia reunida cuando, un ruido de pasos cruzaron mí puerta. Al principio supuse que se trataría de algunos de mis tíos, o de mí propio padre, pero había algo en ese andar que me llamaba mucho la atención, eran pasos pesados, lentos, e iban acompañados de un extraño, y a la vez leve tintineo de unos o dos cascabeles.
Me quedé escuchando, atento, con la oreja pegada a la puerta, como ese andar se iba alejando a medida que descendía por las escaleras hacia el comedor, donde habíamos cenado horas antes, y donde también se encontraba nuestro humilde pino navideño, decorado de una manera simple, y con un par de centelleantes luces que parpadeaban en diferentes colores.
Con una total decisión, me dispuse a averiguar qué era aquello. Abrí despacito la puerta, tratando de ser lo más silencioso que podía, y bajé en puntitas de pié por las escaleras. Llegué a la cocina, y a gatas me asomé para el comedor, no podía ver nada, solo una gran bolsa bordó llena de no se que cosas que estaba junto al árbol, y de la nada, la familiar, pero a la vez intimidante figura de un hombre salió debajo del pino, o más bien era un anciano regordete, de colorados mofletes, con los pelos largos y blancos, al igual que su espesa barba larga, que dejaba ver una sonrisa alegre, con unos labios muy finos que sobresalían de su tupido bigote, y sobre sus ojos pequeños pero con un chispa de felicidad, descansaban unos lentes redondos, que cubrían en parte sus espesas cejas también blancas. Vestía completamente de rojo, con detalles en blanco, sobre su cabeza se posaba un gorro rojo, con un pompón blanco, y de este salían dos cascabeles dorados. Sobre la barriga lleva un grueso cinturón negro, y en sus manos de cortos y gruesos dedos nada. En sus pies, calzaba unas grandes botas negras, salpicadas de algo blanco, escarcha quizás, que se derretía dejando pequeños charcos de agua.
Yo estaba estupefacto ante aquella tremenda visión, lo que por tantos años había deseado ver, por fin lo tenía ante mis ojos. Pero de los nervios, no hice más que delatar mí presencia, al hacer caer algunas cajas de regalo de la bolsa, cuando intentaba acercarme, como para necesitar confirmar más lo que veían mis ojos.
La rechoncha figura se volvió ante mí, con una sonrisa de entera alegría, y ayudándome a incorporarme, lanzó una carcajada tan alegre, que me hizo sonreír de asombro.
— ¿Vos sos Papá Noel?— le pregunté con un poco de timidez y algo de miedo.
— ¿Y vos quién crees que soy?— respondió entre risas— Soy un espíritu, soy quien le da vida y esperanza a la gente durante estas épocas tan emocionantes.
— Mí primo siempre dijo que no eras real— dije titubeando.
— Pues verás, yo soy real para el que decida creer, y... Tú primo ¿Cuál es su nombre?— me preguntó mientras se acariciaba su espesa barba, como pensativo.
— Jeremías... Su nombre es Jeremías— respondí.
— ¡Ah, si ya me acuerdo de él!— dijo al mismo tiempo que metía las manos en la gran bolsa de los regalos— Esto es para él— y me tendió una gran bolsa negra llena de carbón.
— ¿Y tenes algo para mí?— pregunté dejando la bolsa debajo del árbol.
— Por supuesto que tengo algo para vos, los chicos como vos son la esperanza de este mundo. Y por si fuera poco, se merecen algo especial— y volvió a introducir las manos en la bolsa, para finalmente sacar una pequeña caja dorada.
— ¿Qué es esto?— pregunté intrigado.
— Ábrelo, y lo verás— y me lanzó una simpática sonrisa.
Antes de abrir la cajita, la examine por todos lados, era de un color dorado como el oro, y brillaba reflejando las luces de la casa. Tenía un pequeño cerrojo, también en dorado, que no me costó mucho trabajo abrir, pero cuando vi lo del interior, mí sorpresa pareció no agradarle. Era una de esas típicas bolas decorativas navideñas, de las que se cuelgan en los pinos. Tenía un color rojo intenso, sobre todo metalizado, y podía al igual que un espejo, reflejar mí cara en ella. La verdad que en ese momento, estuve un poco decepcionado, no era lo que esperaba, aunque por lo menos no había recibido una bolsa entera repleta de carbón. Pero como ese pequeño obsequio no me satisfacía, increpé al mismo Papá Noel, para exigir que explicaciones sobre aquella curiosa esfera:
— ¿Éste es mí regaló? ¿Una bola para el árbol de mí casa?— pregunté denotando que no estaba a favor de tal obsequio.
— ¿Acaso hay algo malo en ella? ¿Está rota o algo por el estilo?— me respondió amablemente Papá Noel.
— No, está en perfectas condiciones, solo que...— mis palabras se cortaron.
— No es lo que esperabas ¿O me equivoco?— dijo al darse cuenta de lo que estaba pasando.
— Bueno... Si...— respondí sinceramente.
— Pues deberías cambiar esa cara muchachito— me dió unas palmaditas en la espalda, y prosiguió— Esto que tanta decepción te ha traído, es algo que vale más que todos los regalos del mundo. Pues, esta simple esfera roja, aunque de simple tiene muy poco, posee un poco de mí magia en su interior.
— ¿Magia? ¿Qué tipo de magia?— pregunté aún más desconcertado, pero interesado a la vez.
— Bueno, es una magia muy importante, y se llama esperanza, y es algo que nunca debes perder. Cada vez que cuelgues esta bola en el pino, sabrás que pese a todo, siempre habrá esperanza, buena vida, y momentos felices, que en éstos tiempos es lo que verdaderamente hace falta— con un rápido movimiento se cargó la bolsa al hombro y mirándome me dijo— Gracias por creer en mí.
Quise decirle algo pero no tuve tiempo, sentía a la vez el acercarse de la familia en el patio, y cuando mire para las escaleras, la figura rechoncha de aquel tan mágico ser, desaparecía misteriosamente como esfumándose, justo cuando pisó el último peldaño. Rápidamente salí de mí estado de asombro cuando mis padres de acercaron al árbol para darle los regalos a los niños, y el resto de la familia reía. Recuerdo perfecto las caras de mis primos al abrir los regalos, y la cara en especial de mí primo el mayor, al ver qué el regalo que llevaba su nombre, no era más que una gran bolsa negra de carbón.
Guardé la bola en su cajita, y me puse a desenvolver otros regalos, que eran juguetes, las típicas medias y calzoncillos de la abuela, el perfume de mí tío, y un pequeño muñeco de algún personaje que alguna vez supe ver en algún canal infantil.
La velada se extendió por un par de horas más y después todos se fueron rumbo a sus casas, a recargar energías para el gran almuerzo navideño de mañana, un clásico de todos los años. Un hora después, me encontraba ya en mí cama, mí madre me besó la frente en señal de buenas noches y apagó la luz, cerró la puerta, dejando a la habitación en una tremenda oscuridad.
No sé si habrá sido por la gran emoción del acontecimiento vivido, o porque no tenía sueño, el hecho de que me costaba dormir. Di mil vueltas en la cama, conté más de cien ovejitas, y nada funcionaba. De repente mis ojos se posaron en la mesita de luz, donde estaba el velador, abrí el único cajón que tenía, y agarré la cajita dorada, la abrí, y la bola brillaba intensamente, iluminando por completo todo de un rojo metalizado.
Temí por un momento en que mis padres pudieran notar que estaba despierto mientras bajaba lenta y cuidadosamente por las escaleras, pero sus ronquidos me demostraron que dormían como un par de troncos. Llegué a la cocina y de ahí al comedor, para estar finalmente frente al árbol. Abrí la cajita, y extraje la bola, que aún seguía brillando, y la coloque dónde creí que quedaría bien, y un extraño parpadeo recorrió todo el árbol, mientras un ruido de cascabeles, igualitos a los de Papá Noel, resonaron por toda la casa y de repente la bola dejó de brillar tan fuerte, y quedó igual que las del árbol.
Antes de volver a la cama, tomé un poco de agua, y le lancé una última mirada al salón, y al pino, como esperando guardar esa imagen para siempre en la memoria interna de mí mente.
Si has llegado hasta aquí te preguntarás si alguien más lo sabe, o si mis padres lo saben, pues trate de explicarles una vez, pero no me creyeron, como te dije al principio, los adultos muchas veces no creen en las cosas que cuentan sus hijos, y eso está muy mal, pero yo no soy quien para juzgar, después de todo, no siempre se tiene la oportunidad de ver a tal personaje, y sobre todo haber podido hablar y haber recibido un regalo de sus mano.
Del suceso ya han pasado treinta años, y hasta el día de hoy conservo esa bola roja, como así también su pequeña cajita dorada, es un secreto que solo yo y él sabemos, a pesar de que jamás lo volví a ver, pero lo importante es que nunca, pero nunca dejé de creer en él, y jamás perdí las esperanzas, por eso lo comparto con ustedes que creen en mí, y se que creen en él.
FIN